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Aún conservo la Fe y Alegría

Dónde nos encontramos

Un relato desde Honduras

 

He vivido de cerca los acontecimientos que sacuden mi Honduras. Nadie me los cuenta, he estado ahí. Los he visto, para vivirlos y para contarlos a cuantos he podido. He visto como la Fe se encarna, se agranda como un granito de mostaza y como levadura siembra una esperanza; es decir planta una sonrisa, una mueca de alegría – entre tanta adversidad – en la gente que vive de forma directa estos días de angustia, represión y muerte.

En cada una de las manifestaciones he visto la alegría de la gente, su don de gente aflorar e iluminar el camino oscuro por el que atraviesa la patria. Cada gesto hermanado, incluso con quienes les reprimen, de compartir hasta lo poco que se tiene; y a las fuerzas represoras, otroras garantes de la farsa democracia que vivimos, sucumbir con sus rifles y municiones ante la sonrisa sin dientes de la anciana o de la energía bailable del y la joven en las calles. He visto de cerca la transformación de muchos, como aquellos días a José María Vélaz, desde su ventana, en la universidad; con los ojos clavados en aquel barrio pobre, frente a él, lejos de su comodidad. He sentido sus ojos desde la ventana, su indignación creciendo aunque todavía de lejos hasta que, sacudidos por una fuerza – para mi inexplicable – saltan a la calle y se construyen una esperanza.

No hay razón para dudar de que la fe mueve montañas o le hace escaleras, o le pone caminos, o la hace accesible de subir; pero  que lo logras, lo logras. Y eso sucede en esta Honduras que duele, que se desangra, que arde y que, pesé a la incertidumbre que genera la ambición por el poder, quiere emerger, salir a la luz. Cada momento he sido participe de la alegría y – sobre todo – de la alegría compartida, de la vida común que en cada una de estas manifestaciones se gesta. Muchos de esos hombres y mujeres me recordaron a Abrahán y su esposa Patricia quienes movidos por la fe y llenos de alegría en el corazón vieron en el cura y los chavalos que le acompañaban, la esperanza del barrio, es decir – ahora – la esperanza de mi pueblo. Cuando los gases tóxicos del ejercito caen sobre tanta experiencia y juventud desbordada en las calles, esas casas se abren, albergan, protegen del asecho criminal de un estado que castiga por ser pobres y condena por reclamar justicia. He visto a muchas mujeres repartir baleadas (comida típica hondureña) a personas que jamás vieron, dar agua al que tiene sed, limpiar el tile del rostro de los policías – esos que después le tiran gas en su casa - y sonreír con esperanza – como Patricia – aquel día en que en nombre del amor dejó su casa para que se volviera escuela, para ser la esperanza.

Con ellos y ellas he tenido que salir corriendo de las balas que se disparan para callar las voces que reclaman a un tribunal respuestas. Un tribunal electoral, prepotente y mentiroso, en cuya ambigüedad se sustenta la desgracia actual de este pueblo y se cuentan los 12 muertos y los ya miles de detenidos que su desequilibrado proceder ha generado. Entre ellas y ellos he visto los rostros de Fe y Alegría, las caras de la esperanza, el gozo de la realidad alcanzada. Con el paso de los días nos dimos cuenta que nuestra frontera es esta, entre los desnaturalizados, con los sin ciudadanía, los arrancados de la patria. He visto sus caras jóvenes, sus posturas de educadores y educadoras, su habilidad para el dialogo, su capacidad entrega, su caminar silencioso, su duda que a la vez es la valentía para asumirse en lo desconocido. Los he visto e imagino a esos jóvenes que se fueron con Velaz – siguiendo su loco proyecto - y con el miedo de su inexperiencia y la fuerza de su juventud caminando por sendas desconocidas. Durante estos días - marcados por la avaricia, el dolor y la sangre – he visto de nuevo emerger la palabra, el dialogo, la humanidad ante el metal de los rifles. Sin bandera partidista, sin dogmas religiosos, más allá de la ideología, en el carácter humano. En estos días he descubierto en muchos rostros sus rostros, en muchos gestos sus mensajes, en una mano el apoyo imprescindible. Es decir a ustedes. Y eso, aunque parezca poca cosa hace que todavía conserve la Fe y Alegría de que otra Honduras es – sin duda alguna – humanamente posible.

Héctor Efren Flores

Coordinador de Acción e Incidencia Pública

Fe y Alegría Honduras

Un relato desde Honduras

 

He vivido de cerca los acontecimientos que sacuden mi Honduras. Nadie me los cuenta, he estado ahí. Los he visto, para vivirlos y para contarlos a cuantos he podido. He visto como la Fe se encarna, se agranda como un granito de mostaza y como levadura siembra una esperanza; es decir planta una sonrisa, una mueca de alegría – entre tanta adversidad – en la gente que vive de forma directa estos días de angustia, represión y muerte.

En cada una de las manifestaciones he visto la alegría de la gente, su don de gente aflorar e iluminar el camino oscuro por el que atraviesa la patria. Cada gesto hermanado, incluso con quienes les reprimen, de compartir hasta lo poco que se tiene; y a las fuerzas represoras, otroras garantes de la farsa democracia que vivimos, sucumbir con sus rifles y municiones ante la sonrisa sin dientes de la anciana o de la energía bailable del y la joven en las calles. He visto de cerca la transformación de muchos, como aquellos días a José María Vélaz, desde su ventana, en la universidad; con los ojos clavados en aquel barrio pobre, frente a él, lejos de su comodidad. He sentido sus ojos desde la ventana, su indignación creciendo aunque todavía de lejos hasta que, sacudidos por una fuerza – para mi inexplicable – saltan a la calle y se construyen una esperanza.

No hay razón para dudar de que la fe mueve montañas o le hace escaleras, o le pone caminos, o la hace accesible de subir; pero  que lo logras, lo logras. Y eso sucede en esta Honduras que duele, que se desangra, que arde y que, pesé a la incertidumbre que genera la ambición por el poder, quiere emerger, salir a la luz. Cada momento he sido participe de la alegría y – sobre todo – de la alegría compartida, de la vida común que en cada una de estas manifestaciones se gesta. Muchos de esos hombres y mujeres me recordaron a Abrahán y su esposa Patricia quienes movidos por la fe y llenos de alegría en el corazón vieron en el cura y los chavalos que le acompañaban, la esperanza del barrio, es decir – ahora – la esperanza de mi pueblo. Cuando los gases tóxicos del ejercito caen sobre tanta experiencia y juventud desbordada en las calles, esas casas se abren, albergan, protegen del asecho criminal de un estado que castiga por ser pobres y condena por reclamar justicia. He visto a muchas mujeres repartir baleadas (comida típica hondureña) a personas que jamás vieron, dar agua al que tiene sed, limpiar el tile del rostro de los policías – esos que después le tiran gas en su casa - y sonreír con esperanza – como Patricia – aquel día en que en nombre del amor dejó su casa para que se volviera escuela, para ser la esperanza.

Con ellos y ellas he tenido que salir corriendo de las balas que se disparan para callar las voces que reclaman a un tribunal respuestas. Un tribunal electoral, prepotente y mentiroso, en cuya ambigüedad se sustenta la desgracia actual de este pueblo y se cuentan los 12 muertos y los ya miles de detenidos que su desequilibrado proceder ha generado. Entre ellas y ellos he visto los rostros de Fe y Alegría, las caras de la esperanza, el gozo de la realidad alcanzada. Con el paso de los días nos dimos cuenta que nuestra frontera es esta, entre los desnaturalizados, con los sin ciudadanía, los arrancados de la patria. He visto sus caras jóvenes, sus posturas de educadores y educadoras, su habilidad para el dialogo, su capacidad entrega, su caminar silencioso, su duda que a la vez es la valentía para asumirse en lo desconocido. Los he visto e imagino a esos jóvenes que se fueron con Velaz – siguiendo su loco proyecto - y con el miedo de su inexperiencia y la fuerza de su juventud caminando por sendas desconocidas. Durante estos días - marcados por la avaricia, el dolor y la sangre – he visto de nuevo emerger la palabra, el dialogo, la humanidad ante el metal de los rifles. Sin bandera partidista, sin dogmas religiosos, más allá de la ideología, en el carácter humano. En estos días he descubierto en muchos rostros sus rostros, en muchos gestos sus mensajes, en una mano el apoyo imprescindible. Es decir a ustedes. Y eso, aunque parezca poca cosa hace que todavía conserve la Fe y Alegría de que otra Honduras es – sin duda alguna – humanamente posible.

Héctor Efren Flores

Coordinador de Acción e Incidencia Pública

Fe y Alegría Honduras