PODCAST · VOCES QUE INSPIRAN

Voces que inspiran: Dani Villanueva SJ en nuestro podcast

El Coordinador Internacional de Fe y Alegría nos visitó en nuestras oficinas y compartió su mirada sobre el futuro de la educación en el mundo. «La escuela no solo enseña: protege, integra, dignifica y construye esperanza.”

1 de mayo de 2025  ·  15 min de lectura

En abril recibimos a Daniel Villanueva SJ, coordinador internacional de Fe y Alegría. Ingeniero en Sistemas, licenciado en Teología Moral y Social, con posgrados en ayuda humanitaria y más de 30 años en la Compañía de Jesús, Dani lidera hoy la coordinación de un movimiento que está presente en 23 países, con miles de docentes, comunidades y escuelas trabajando por el derecho a la educación en contextos de vulnerabilidad.

Dani fue el invitado especial del ciclo Voces que Inspiran, el podcast de Fe y Alegría Argentina, donde dialogó con Paula Torres en una conversación profunda, honesta y llena de esperanza.

«Esta es la misión más bonita que he tenido en mis 30 años en la Compañía de Jesús» – Dani Villanueva SJ en Voces que Inspiran de Fe y Alegría Argentina

Padre Dani, sos ingeniero en sistemas, licenciado en teología moral y social, experto en gestión multinacional, y hoy coordinador internacional de Fe y Alegría. ¿Cómo llegaste a este camino?

La verdad es que yo mismo me sorprendo. Sería ingenuo decir que he llegado aquí por mis propios méritos. Creo que es un camino que se ha ido dando a base de relaciones, conversaciones y oportunidades que se han abierto en mi camino. Puedo decir, sin ningún tipo de miedo, que esta es la misión más bonita que he tenido en mis 30 años en la Compañía de Jesús. La más bonita. Y me siento, además, como que tiene todo el sentido estar aquí en este punto.
Yo soy ingeniero y sacerdote: es una mezcla rara. Siempre me he considerado un jesuita distinto, en el sentido de que mi cabeza funciona de manera muy analítica. Soy experto en gestión multinacional, que es algo muy raro para un sacerdote, pero de alguna forma fui aprendiendo que ahí estaba la manera de aportar valor a la misión de la Compañía de Jesús y de construir el reino en el mundo.

Si tengo que mencionar algunos pasos clave, el primero sería la muerte de los mártires de El Salvador. En el año 89 me trastocó la vida. Estaba todavía en el colegio estudiando con los jesuitas, y descubrir que había gente dando la vida por la justicia que brota del evangelio me descolocó. Ahí comprendí, para mi sorpresa, que había cosas más importantes que la propia vida. Eso me generó una revolución interior que es el origen de mi propia vocación.

Luego, siempre me movió mucho Arrupe y el servicio jesuita a refugiados. Pero como era ingeniero, me trajeron a Perú en el año 2000 a ayudar a la provincia jesuita, y ahí descubrí Fe y Alegría. Fue una especie de flechazo, un enamoramiento total. Para mí era como descubrir que la Compañía de Jesús todavía tenía zonas de misión frescas, radicales, de frontera. Volví entusiasmado, sabiendo que había una misión como Fe y Alegría a la que merecía la pena dar la vida.

Estudiaste en un colegio jesuita en Asturias. ¿Qué significa hoy, desde ese origen tan concreto, estar al frente de una federación que lleva la educación a los lugares más remotos y vulnerables del mundo?

Yo a veces pienso que, si a mí me hubieran contado que esto iba a ser mi trabajo, hace 30 años, no lo hubiera imaginado jamás -aunque hubiera firmado de

 cabeza-. Me parece una maravilla pasar de una experiencia muy concreta y pequeña, como puede ser mi ciudad en el norte de España, a estar subido a hombros de este gigante que es la Federación Internacional de Fe y Alegría. Es una auténtica alegría.

Trabajaste en campos de refugiados, conociste realidades donde la guerra y el desplazamiento son el contexto cotidiano. ¿Qué te enseñaron esas experiencias sobre el poder de la educación?

He tenido mucha suerte con las experiencias. La posibilidad de trabajar en campos de refugiados durante mi formación como jesuita, y después el trabajo con Fe y Alegría, me ha permitido ser testigo del milagro que ocurre en toda aula o en todo momento en que hay enseñanza y aprendizaje. La esperanza que se genera en el brillo de la mirada de esos niños y niñas cuando empiezan a ver las posibilidades que tiene la realidad más allá de lo que están viviendo: esa es, creo, la mayor potencialidad de la educación. Ayudar a dar forma, a imaginar alternativas posibles, otros mundos que están más allá de la experiencia real, pero que alimentan e incentivan las posibilidades futuras de la persona.

 

«El trabajo con Fe y Alegría, me ha permitido ser testigo del milagro que ocurre en toda aula o en todo momento en que hay enseñanza y aprendizaje. La esperanza que se genera en el brillo de la mirada de esos niños y niñas cuando empiezan a ver las posibilidades que tiene la realidad más allá de lo que están viviendo: esa es, creo, la mayor potencialidad de la educación» – Dani Villanueva SJ 

Me gusta mucho hacer la comparativa con la educación en emergencias, que es donde eso se hace más visible. La escuela es lugar de protección, de acompañamiento, de socialización; es donde se cuajan los mimbres básicos de la sociedad del futuro. Y eso mismo ocurre en todas las aulas del mundo. No hay que ir a un campo de refugiados para encontrarlo: hay muchísimos lugares donde hoy la educación está siendo clave para proyectar el futuro de nuestras sociedades.

La UNESCO proyecta que en 2030 se necesitarán 44 millones de docentes en el mundo. Al mismo tiempo, vemos una crisis creciente en la profesión. ¿Cómo está respondiendo Fe y Alegría ante ese desafío?

Es uno de los grandes temas que tenemos por delante. Pese a que conceptualmente sabemos que el maestro y la maestra son elementos clave del proceso de formación, el mundo está dando mensajes contradictorios. Hoy la docencia es una de las profesiones más denostadas: no está bien pagada, las aulas están masificadas, el cambio generacional es tan profundo que cada vez es más difícil la comprensión mutua. Se les exige a los docentes resultados en exámenes estandarizados, la burocracia ha aumentado muchísimo, las familias están más fragmentadas y el docente está cada vez más solo. Todo eso configura una crisis sin precedente.

Tenemos estudios que demuestran claramente que se está jubilando una generación entera que no está siendo reemplazada, y que hay un abandono muy fuerte de la profesión. La UNESCO ha levantado la alerta. Para nosotros es fundamental entender que el docente sigue siendo la persona que más impacto tiene en la vida de un niño o una niña, después de su familia. Y eso no lo va a sustituir ninguna app, ninguna pantalla, ningún algoritmo.

El docente también tiene que cambiar: ya no se trata tanto de transmitir conocimiento como de acompañar. En Fe y Alegría estamos haciendo mucho énfasis en las mentorías pedagógicas, y estamos diseñando un diplomado de acompañamiento que nos gustaría que fuera nuestro gran elemento diferencial. Sueño con que en el futuro se nos conozca como una organización que cuida a sus docentes -digo «maestras» porque el 70% son mujeres-. Estamos invirtiendo en el desarrollo profesional de las cerca de 30.000 personas que forman nuestra comunidad docente en el mundo.

¿Cómo ves hoy el trabajo en red de Fe y Alegría, con 23 países y realidades tan diversas? ¿Qué potencia pertenecer a una federación?

Mi trabajo fundamental es exactamente ese: cuidar la dimensión internacional del movimiento. Creo que estamos en un momento precioso. La crisis de cooperación internacional y de multilateralismo que se empieza a asomar va a poner más el foco en organizaciones como la nuestra. Las organizaciones de base educativa y comunitaria son aquellas sobre las que el mundo internacional va a entender que hay que construir procesos sostenibles.

De aquí a 10 años me encantaría imaginar una federación con unos 30 países, donde África y Asia ya tienen masa crítica propia. África va a ser el sitio donde haya más infancia fuera de los sistemas educativos, y por lo tanto donde tengamos que tener más peso. Así como hoy Bolivia, Ecuador, Perú y Venezuela son las Fe y Alegrías que han marcado el movimiento, creo que en el futuro será África quien nos ayude a reimaginar la identidad de Fe y Alegría: una educación popular de Freire que se infiltra en los aprendizajes y las praxis africanas, mucho más ligada a las comunidades, a lo no formal, a lo orgánico, a lo descentralizado. Algo realmente esperanzador.

Llevas tres años como coordinador internacional. ¿Cómo describís tu rol dentro de este movimiento tan diverso?

La gente cree que soy el jefe de Fe y Alegría, pero no. Soy coordinador, que quiere decir que voy subido en una ola que surge de la fuerza de las comunidades. Me gusta también la imagen del curling: yo soy el que pule el hielo por delante. Ni empujo la piedra ni digo hacia dónde va. Mi trabajo es crear las condiciones de posibilidad para que la Federación avance hacia donde están demandando y empujando las comunidades.

La fuerza y la intuición están en el nivel del aula, del salón comunitario, de la plaza o la calle donde ocurre la enseñanza y el aprendizaje. Todo lo demás estamos al servicio de que esa magia educativa tenga la mayor calidad y llegue a la mayor cantidad de personas.

Cuando visito Fe y Alegría Argentina, mi aporte es ayudarlos a vincularse a las dimensiones internas del movimiento y también comprender cómo nuestro equipo internacional puede aportar valor al trabajo educativo aquí. Por ejemplo, las conversaciones que tuvimos en Quilmes, en la guardería, me cambiaron la forma de comprender el enfoque de primera infancia. Desde entonces hay un avance muy fuerte en la propuesta de los primeros 1.000 días basada en el acompañamiento a las mamás desde el embarazo hasta los 3 años. Eso es lo que llamamos «nuevas fronteras»: detectar dónde Fe y Alegría está creando valor de una manera nueva.

¿Qué líneas de trabajo te entusiasman especialmente de cara al futuro del movimiento?

Sueño con que en 10 años nuestra gran propuesta sea la primera infancia y la inclusión, y que estemos claramente explorando vías de trabajo con población fuera del sistema: personas privadas de libertad, pueblos originarios, educación intercultural bilingüe, ruralidad. Esos son los temas que, de verdad, harían realidad el sueño fundacional: ser una red educativa que lucha por la justicia y la inclusión educativa en el mundo.

También hay una dinámica muy bonita con las congregaciones religiosas. En el origen de Fe y  Alegría, las religiosas fueron clave -más que la propia Compañía de Jesús, hay que decirlo-. Hoy, si vas a Bolivia, Perú, Venezuela o Ecuador, es muy probable que encuentres una comunidad de religiosas llevando un colegio de Fe y Alegría. Estamos en un proceso precioso de recuperar visibilidad, protagonismo y corresponsabilidad con ellas. El Papa Francisco le encantaba Fe y Alegría porque decía que éramos un movimiento educativo de iglesia de frontera, que llevábamos 70 años viviendo la sinodalidad. Estoy convencido de que el futuro del movimiento depende en gran medida de cómo nos convirtamos realmente en ese movimiento de iglesia que somos. Para mí es una forma de ensayar nuevas maneras de ser iglesia, que le veo enorme futuro.

 

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