Queridas comunidades de Fe y Alegría Argentina.
Presente.
De mi consideración:
Llegamos, una vez más, al corazón del año para un cristiano: el misterio de Dios hecho Hombre que muere y resucita por cada uno de nosotros; que desciende hasta lo más hondo de la condición humana para, desde allí, encender la luz que ninguna oscuridad puede apagar. En este tiempo tan especial, la Semana Santa nos invita a preguntarnos una vez más: ¿en quién confiamos cuando todo parece derrumbarse?
En su mensaje para esta Cuaresma, el Papa León XIV nos invitó a detenernos en dos gestos aparentemente simples, pero profundamente exigentes: escuchar y ayunar, como camino de conversión genuina. Escuchar, porque Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su Ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). Un Dios que escucha antes de actuar; que no mira desde arriba, sino que se inclina, atiende, se deja afectar.
Y ayunar, no solo del alimento, sino de algo quizás más difícil: abstenerse de las palabras que afectan y lastiman al prójimo. Desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse. En un tiempo en que el debate público parece competir por quién hiere con más precisión, esta invitación del Papa no es menor: es una propuesta de humanidad, de cuidado del vínculo, de recuperación de la palabra como lugar de encuentro y no de descarte.
Esta Semana Santa llega mientras el mundo sigue mirando, con dolor y cierta impotencia, conflictos armados que no cesan; rincones del planeta donde la guerra ha convertido la vida cotidiana en una sucesión de pérdidas. Niños que crecen sin escuela, familias desplazadas, ciudades reducidas a escombros. El sufrimiento no es una abstracción: tiene nombres e historias.
En ese contexto, el anuncio pascual adquiere una urgencia particular, no como respuesta mágica al horror, sino como afirmación obstinada de que la violencia no puede ser la última palabra sobre la humanidad. Que hay algo en el corazón humano, alimentado por la fe, sostenido por la esperanza, expresado en gestos concretos de solidaridad, que resiste y que construye, aun en medio de la devastación.
Para quienes trabajamos en educación, esta verdad no puede ser retórica. Es vocación. Cada aula abierta a la comunidad, cada vínculo que se cuida, cada persona —no importa su edad— que aprende a resolver un conflicto con respeto en lugar de violencia, es una pequeña victoria de la paz sobre la lógica de la guerra.
Cada día, nuestros centros reciben personas que llegan cargando silencios que son, en realidad, gritos. El silencio del que no comió. El silencio del que vive en una casa donde los adultos no están. El silencio del que aprendió que nadie lo va a escuchar, así que para qué hablar…
Aprender a escuchar ese clamor es, para nosotros, una forma concreta de vivir la Pascua, una opción. El Papa nos desafía a que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde los gritos de los que sufren encuentren acogida; y donde la escucha genere caminos de liberación.
¿Pueden nuestras escuelas ser eso? ¿Pueden serlo también nuestros equipos de trabajo, nuestra cultura institucional?
La Pascua no es la victoria del poder, sino la del amor que persevera. El centro de la Semana Santa no es la agonía del Viernes Santo. Es la asombrada pregunta del domingo: ¿por qué buscan entre los muertos al que está vivo? (Lc 24,5).
La resurrección de Jesús no es el triunfo de quien burla la muerte por encima de todo. Es algo más hondo: es la confirmación de que el Amor que se entrega sin condiciones, que lava los pies, que come con los pecadores, que no abandona a los pobres, no puede ser definitivamente derrotado.
El sepulcro no tiene la última palabra. El miedo y la exclusión no tienen la última palabra. Esta es la buena noticia que nuestros centros necesitan escuchar y proclamar.
Los invito en estos días a “no dejar pasar el tiempo sin detenerse”. Pueden hacerlo solos, en familia, con el equipo de trabajo.
La primera invitación es a mirar alrededor y preguntarse si hay voces en nuestra comunidad que no estamos escuchando. No por mala voluntad, sino porque nuestras certezas, nuestras urgencias y nuestras rutinas, a veces, ocupan todo el espacio y dejan poco lugar para el otro. La Semana Santa es una buena ocasión para hacer silencio y descubrir lo que ese silencio nos revela.
La segunda es a identificar de qué necesitamos desapegarnos. No solo del alimento. Hay palabras que pronunciamos casi sin darnos cuenta, actitudes que repetimos por costumbre, modos de relacionarnos que lastiman sin que lo advirtamos. Tomar distancia de eso, aunque sea por unos días, puede abrir algo nuevo en nosotros y en quienes nos rodean.
La tercera invitación es tal vez la más esperanzadora: reconocer qué situación, en nuestra comunidad o en nuestra propia vida, hemos empezado a dar por perdida. La Pascua nos recuerda que esa resignación no siempre tiene razón. Que hay procesos, vínculos y proyectos que parecen agotados y que, con tiempo, cuidado y confianza, pueden encontrar una salida nueva.
Recemos en comunidad para vivir una Pascua que nos comprometa. Sin miedo, unidos, tomados de la mano. Eso somos en Fe y Alegría: un Movimiento que decide caminar juntos, desde los márgenes, convencidos de que la educación es un derecho que cambia vidas y que ningún ser humano sobra.
Que la Vida tiene más fuerza que la muerte.
¡Feliz Pascua de Resurrección para todas las comunidades de Fe y Alegría Argentina! Que Cristo resucitado los bendiga.
Cordialmente,