De alumnos rurales a profesores: dos hermanos que volvieron a enseñar en Fe y Alegría

María y Víctor Gérez nacieron en medio del campo chaqueño, a 80 km de nuestra escuela de Taco Pozo. Crecieron en una familia de once hermanos, en una vivienda sencilla, lejos de la electricidad, del ruido y de los lujos. Conocieron de cerca el trabajo duro, el frío de un invierno a pura leña y el calor agobiante del verano. Conocieron la gratitud por los frutos de la cosecha y del cuidado de sus animales. Carne, huevos, leche, queso, dulces… “Todo lo que podíamos hacer, lo hacíamos. Nunca nos faltó nada y tuve una linda infancia”, recuerda María.

“Tienen que estudiar. Así cuando sean grandes podrán elegir y trabajar de otra cosa; no estar toda su vida bajo el rayo del sol”.

Esa frase se repetía una y otra vez en boca de su abuela. Fue ella el alma de la educación en la familia. Una mujer que, sin saber leer ni escribir, insistió incansablemente en que sus nietos llegaran lo más lejos posible en sus aprendizajes.

Con apenas cinco años, María ya dormía en la escuela albergue San Francisco de Asís, a 10 km de su hogar. Allí cursaba la primaria junto a otros veinte niños, muchos de ellos sus propios hermanos.

Luego de la primaria fueron más lejos y, junto a Víctor, lograron terminar el secundario en Fe y Alegría Taco Pozo.

Hoy María y Víctor, de 32 y 38 años respectivamente, son profesores y colegas en esa misma escuela y viven su trabajo con profunda vocación. Víctor es profesor de Historia y cuenta orgulloso que Miguel Jaimez (26), ex alumno suyo, eligió su misma carrera y ya son colegas. María estudió Educación Especial y es profesora de Lengua de Señas. Vidas propias y ajenas transformadas.

Como las estrellas que brillan en la oscuridad del campo, así se multiplica la semilla de la educación, aquella por la que tanto insistía la abuela.

 

Del campo a la ciudad

 

En tiempos de internet satelital, algoritmos, redes sociales e inteligencia artificial, viajar en los recuerdos de infancia de María y Víctor da cuenta de todo lo que nos sucedió como sociedad en tan pocos años. Nada de eso formaba parte de su vida cotidiana. “A la escuela íbamos en zorra o carreta por caminos de tierra, empujada por caballo o mula… —relata María—. Otras veces en bicicleta. Dormíamos allí toda la semana, con el maestro o la maestra. Él nos enseñaba a todos juntos, de distintas edades. ¡Dividía el pizarrón en muchos cuadrados!”. María no olvida la diversión de los juegos que compartían cada tarde cuando iba cayendo el sol. Luego encendían el fuego para cocinar y se despedían de la luz hasta el día siguiente. El fin de semana, vuelta a casa. Así transcurrió toda su primaria. La secundaria fue muy difícil para ambos. Mudarse lejos, a la casa de unos tíos que casi no conocían, y dejar el campo y la familia atrás, les significó meses de dolor y adaptación. “Pero con las directoras Mercedes Rojas, Carmen Villagrán… y profes como Adrián Alvarado y tantos otros que me acompañaron, no abandoné —cuenta Víctor—. Pero extrañaba muchísimo”. Sólo cuando empezó a ir a la finca de la escuela, sintió que sus conocimientos previos tomaban valor. “Sabía manejar bien la pala, el machete, cuidar cultivos… y me encantó trabajar con la apicultura y la huerta”. Luego fueron los libros y la historia argentina los que cautivaron su espíritu. Fue el primero en su familia en terminar el secundario y en elegir una carrera. María siguió sus pasos algunos años después. 

La Silla Roja con nombre y apellido

 

Acompañar a estudiantes en su trayectoria educativa tiene un valor inmenso para María y Víctor. Ellos se reconocen en muchos de los jóvenes que arrancan el secundario, porque todavía llegan chicos y chicas criados en el campo. Entre ellas, varias sobrinas. Con el pizarrón, el conocimiento, los temores y los anhelos por delante… María y Víctor los motivan a seguir. Saben que el camino no es fácil. Saben lo que significan las “sillas rojas” en las aulas. Saben que si no fuera por una abuela insistente, una familia sacrificada, el acompañamiento de la comunidad educativa y mucho esfuerzo personal, tal vez ellos no hubieran ocupado su lugar. Pero lo hicieron y eso significó aprendizaje y futuro. “Fe y Alegría tiene una propuesta educativa inclusiva que me enseñó a creer en un futuro con mejores posibilidades —afirma María—. Recibí el acompañamiento, la contención y las orientaciones necesarias para confiar en mis capacidades y sentir que podía construir mi futuro. Me brindaron una alfabetización sólida y las herramientas necesarias para cumplir mis sueños. A pesar de que provenía de una escuela rural, de una zona tan alejada de la ciudad y de una familia de escasos recursos, aquí se me cumplió ese derecho a la educación de calidad y encontré la oportunidad de construir un futuro mejor tanto para mí como para mi familia”.
La historia de María y Víctor es una entre miles que muestran el poder transformador de la educación. En Fe y Alegría Argentina ya son 47 egresados y egresadas de distintas provincias que hoy son educadores, 17 de ellos en nuestras propias escuelas.
En Argentina todavía «Sillas Rojas» que no se ocupan, sillas que se reducen o que se ocupan durante años sin garantizar aprendizajes mínimos.

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