PANEL · ENCUENTRO NACIONAL

Historia y legado de Fe y Alegría: la chispa que sigue encendida

A 30 años de los comienzos de Fe y Alegría en Argentina, un panel reunió a cuatro protagonistas de aquellos primeros pasos en Resistencia, Chaco, para compartir sus recuerdos, aprendizajes y convicciones frente a la nueva generación de educadores de FyA. Un diálogo emocionante sobre un sueño que se hizo realidad con mucho esfuerzo y gracias a la convicción de que la educación es el camino.

18 de septiembre de 2026  ·  15 min de lectura

En el marco del Encuentro Nacional Docente de Fe y Alegría Argentina, que se desarrolló el 11 y 12 de septiembre en Resistencia, Chaco, el panel “Los orígenes de Fe y Alegría en Argentina” invitó a detenerse, mirar hacia atrás y escuchar a quienes fueron protagonistas de los primeros pasos del movimiento en el país.

La conversación fue moderada por Rocío Choque, egresada de Fe y Alegría en Salta y actualmente coordinadora nacional de la línea de Formación para el Trabajo. Junto a ella estuvieron Nélida Meza, primera maestra y directora de Fe y Alegría en Resistencia; Juan Carlos Pérez, quien fue jesuita y primer director nacional de Fe y Alegría Argentina; Silvana Gyssels, especialista en educación y ex coordinadora nacional de Fe y Alegría Argentina; e Ismael Baez, referente de la comunidad y protagonista de los primeros tiempos en Resistencia.

La propuesta que dio comienzo a la conversación fue movilizante: volver por un instante a aquel momento en que todo comenzaba, cuando nadie podía saber hasta dónde llegaría aquella experiencia.

“Una institución no se construye solamente con edificios, proyectos o programas. Se construye con personas, con decisiones, con sueños, con dificultades, con vínculos y, sobre todo, con convicciones”, planteó Rocío Choque al presentar el panel.

Y esas convicciones aparecieron, una y otra vez, en las historias compartidas.

¿Qué hago acá?

La primera pregunta de Rocío llevó a los cuatro panelistas a una escena, una imagen o un momento de aquellos primeros tiempos que todavía permaneciera con ellos.

Nélida Meza recordó el enorme desafío de llegar a una comunidad atravesada por múltiples necesidades. Su primera pregunta fue la misma de muchos que alguna vez se encontraron frente a una realidad que parecía desbordarlos: “¿Qué hago acá?”.

Había una comunidad que reclamaba una escuela para sus hijos. Muchos niños habían sido rechazados de otras instituciones por no tener documentos o por vivir en uno de los barrios más vulnerables de Resistencia. Las imágenes que quedaron grabadas en su memoria son fuertes: las de niños descalzos, con piojos, sucios, pero también niños que pedían cariño y contención. “Y ahí estábamos nosotros”, recordó.

Ismael Baez, quien es vecino del barrio, aportó el punto de vista de quienes habitaban aquella comunidad y fueron convirtiéndose en protagonistas de esta construcción. Recordó a las primeras personas que se involucraron, muchas de ellas sin hijos en edad escolar y atravesadas por las dificultades propias de aquellos años. Él mismo estaba desempleado y había llegado desde el interior. Quería aprender a construir su propia casa, una pequeña casilla de madera.

Todas las personas estaban de acuerdo que había que hacer algo para la comunidad. Hubo propuestas para hacer proyectos de costura, talleres, pero la necesidad de que haya educación comenzó a ocupar un lugar central. Es así que se comenzó por construir un jardín. Y la primera acción fue conseguir ladrillos, uno por uno. Así empezó a levantarse la escuela.

Ismael recordó también las primeras dificultades materiales: bancos usados, paredes que había que volver a pintar, espacios que había que acondicionar, chicos que llegaban con situaciones familiares muy complejas y que muchas veces no querían volver a sus casas.

Pero en medio de esas carencias apareció algo que se repetiría durante toda la historia de Fe y Alegría: la comunidad colaborando con lo que podía para construir algo que todavía no existía.

“Si vos no ponés lo poquito que tenés, no va a salir” – Ismael Baez

De un pequeño gesto a una historia que crece

Juan Carlos Pérez recordó aquellos primeros años de misión, recorriendo distintas realidades para descubrir dónde podía crecer Fe y Alegría.

Contó que, en aquellos comienzos, visitó una diversidad de comunidades, conversando con sacerdotes y referentes. Allí apareció una de las claves que, según su mirada, explican el modo de hacer de Fe y Alegría.

«No había que llegar con una solución, sino escuchar qué quería la comunidad.» – Juan Carlos Pérez.

En la experiencia de Resistencia se plantearon distintas posibilidades, como oficios, talleres y comedores, pero la respuesta era, sin dudas, la educación por una razón muy simple: “con la educación después podés hacer todo”

Para Juan Carlos, ese modo de trabajar continúa siendo central. El desafío consiste en ayudar a las comunidades a descubrir hacia dónde quieren ir y acompañarlas en ese camino. “Todos los centros crecen según su ritmo, según su necesidad, según su posibilidad”, explicó. Es necesario saber escuchar, saber discernir y saber dejar actuar al espíritu en la comunidad.

También recordó que, en aquellos años, muchas veces desde Buenos Aires se analizaban las posibilidades técnicas de que los proyectos se lleven a cabo. Frente a eso, las comunidades siempre lograban abrir pequeños caminos posibles.

“Hay que hacer poquito, firme, y dejarlo así”, fue una de las ideas que dejó como legado. Son esos pequeños “ladrillitos” los que terminan sosteniendo proyectos que resisten años, tormentas y necesidades.

«Éramos educación privada, privada de todo»

Silvana Gyssels situó los comienzos de Fe y Alegría en el contexto de la profunda crisis social y económica que atravesaba Argentina a comienzos de los años 2000. La crisis alcanzaba también a amplios sectores de la sociedad. Sin embargo, en ese contexto se abrieron numerosos centros educativos.

Las primeras escuelas comenzaron con jardín y primer grado. Silvana recordó que las y los niños llegaban descalzos. Algunos no estaban acostumbrados a permanecer dentro de una escuela y se escapaban durante los recreos. Había aulas improvisadas, mesas debajo de los árboles y edificios que todavía no existían. El comienzo fue muy difícil.

“Éramos educación privada, privada de todo”: de pizarrones, de bancos, de elementos escolares, de recursos», recordó Silvana.

Ella misma contó cómo, cuando viajaba se la rebuscaba para conseguir libros, cuadernos y todo lo que pudiera reunir para las escuelas.

También recordó la angustia que le generaba ver familias atravesando situaciones extremas, docentes intentando sostener las escuelas y equipos que debían presentar proyectos pedagógicos aún cuando, muchas veces, no contaban con los elementos básicos para hacerlo.

Ante la dificultad apareció también la respuesta de la comunidad, los sacerdotes y también de los gobiernos. El crecimiento de esos primeros años fue progresivo. Pero, mirando hacia atrás, lo que más la llena de orgullo es la potencia de la transformación. Porque aquellos chicos que veía llegar con enormes dificultades, no estaban en el horizonte de nadie como futuros profesionales, docentes, médicos, abogados o estudiantes universitarios. Y, sin embargo, con el paso del tiempo, los resultados comenzaron a aparecer.

«La chispa sigue ahí»

Nélida Meza volvió entonces sobre uno de los aprendizajes más profundos de su propia historia.

Al principio, reconoció, había pensado que Fe y Alegría era algo destinado solamente a un pequeño grupo de personas pobres de aquel barrio. Con el tiempo comprendió que la experiencia podía crecer y transformar a muchas más personas. Su propia familia se convirtió en un testimonio vivo de ese proceso.

“La educación es lo que nos va a dar todo” Nélida Meza.

Recordó especialmente cómo la escuela fue generando oportunidades laborales para las familias del barrio. Personas que inicialmente estaban marginadas tenían ahora la posibilidad de acceder a trabajos, formarse y construir otros proyectos de vida.

Para Nélida, allí estuvo una de las grandes revelaciones: descubrir que un trabajo aparentemente pequeño podía generar nuevas oportunidades para otras personas y ayudar a las familias a salir de situaciones de pobreza.

Ella no vivía en el barrio donde estaba la escuela y, al llegar, sentía que era “sapo de otro pozo”. Sin embargo, las familias la recibieron, la cuidaron y compartieron con ella lo poco que tenían. Con el tiempo, la relación se volvió de una profunda pertenencia.

“Aprendí desde la humildad a ser sencilla”, reflexionó, agradeciendo todo lo que aquellas familias le enseñaron. Hoy, al mirar todo el camino recorrido, vuelve a confirmar que “la chispa sigue ahí». Mientras la chispa siga viva, dijo, seguirá creciendo.

Una pedagogía que empezó preguntando: ¿quiénes son estos chicos?

La conversación del panel avanzó hacia una pregunta fundamental: ¿cómo se construyó la propuesta pedagógica de Fe y Alegría?

Silvana explicó que, en los primeros años, la propuesta tuvo que partir por conocer la realidad con la trabajaban: quiénes eran las y los niños, quiénes eran sus familias y qué condiciones tenían para aprender.

Recordó la experiencia de Taco Pozo, donde los primeros niños no hablaban cuando los docentes intentaban acercarse a ellos. Muchos vivían en situaciones de enorme vulnerabilidad. En otros lugares, como Embarcación o Solidaridad, las comunidades también se estaban formando prácticamente desde cero.

«Antes de definir cómo sería la escuela, era necesario preguntarse cómo era esa comunidad y qué quería» – Silvana Gyssels

Por ejemplo, contó que hubo que adaptar los tiempos escolares porque había chicos que no podían permanecer durante muchas horas en la escuela. Las responsabilidades familiares o la necesidad de ayudar a sus padres era una realidad que afectaba a la vida de los centros. La propuesta pedagógica no podía ignorar el contexto. Entonces, el primer desafío fue lograr que los chicos pudieran estar, permanecer, aprender a leer, escribir y hacer matemática.

La formación docente fue otra pieza fundamental. Durante años se realizaron encuentros intensivos de capacitación, con espacios para que los propios educadores pudieran compartir sus experiencias y propuestas.

El resultado, explicó Silvana, fue que con el tiempo los docentes comenzaron a poder dar cuenta de sus propias prácticas, ser más creativos y construir nuevas respuestas.

Una inclusión que no se conforma

La pregunta por la inclusión educativa también fue uno de los ejes de la intervención de Silvana. Para ella, no se reduce a que alguien entre a la escuela. La inclusión también implica preguntarse constantemente por quiénes están quedando afuera.

En los primeros años se desarrollaron experiencias como las “aulas abiertas”, destinadas a estudiantes que quedaban excluidos incluso dentro de los propios espacios escolares: chicos con dificultades de aprendizaje o que atravesaban situaciones que no podían ser acompañadas, porque no había profesionales ni tratamientos disponibles en ese momento.

El aula destinada a quienes más dificultades tenían debía ser, precisamente, la mejor aula, con el mejor docente y con más materiales.

Por otro lado, afirmó que la inclusión también debía contemplar a quienes se destacaban por tener mayores capacidades. Silvana explicó que, si al estudiante que puede más se le ofrece exactamente lo mismo que a todos, también se corre el riesgo de limitarlo. Ese estudiante puede ser, muchas veces, quien logre romper el círculo de pobreza de su familia: el primero en llegar a la universidad o en convertirse en profesional.

Por eso, la educación de calidad para los más pobres supone una exigencia enorme. “Hay que hacer el bien y hacerlo bien, pero muy bien”, sintetizó.

¿Qué le dirían a un docente que recién empieza?

Hacia el final del panel, Rocío propuso que las y los panelistas brinden unas palabras a quienes hoy están dando sus primeros pasos en el movimiento.

Nélida propuso una enseñanza que marcó su experiencia a lo largo de los años: mirar a cada estudiante como una persona diferente, que aprende de una manera diferente.

“Esa mirada inicial, cuando ingresan, es sumamente importante”, sostuvo. Mirar cómo llega cada niño, qué necesita, qué tiene ganas de hacer, cómo está ese día. Por eso, explicó, las planificaciones no pueden convertirse en recetas rígidas. A veces es necesario modificarlas en el momento, según lo que sucede con el grupo.

Para Nélida, ser docente implica también seguir formándose, buscar nuevas estrategias, métodos y materiales, porque las infancias y las juventudes cambian. “Nosotros tenemos que ir evolucionando con ellos.”

Silvana retomó ese desafío desde una perspectiva más amplia. Las realidades actuales son diferentes a las de hace 30 años. Hoy existen nuevos desafíos que atraviesan las escuelas, entre ellas, la llegada de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial. Pero frente a todos esos cambios, la afectividad es irrenunciable.

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Silvana recordó un ejercicio que alguna vez proponían en las capacitaciones con docentes. Había que cerrar los ojos e imaginar al estudiante que más dificultades generaba en el aula.

Pensar qué sucedía cuando salía de la escuela. Quién lo recibía. Qué comía. Dónde jugaba. Con quién dormía. Si estaba seguro. Si podía desayunar. Qué encontraba al levantarse. Y después imaginar que, finalmente, volvía a la escuela. Cuando los docentes abrían los ojos, muchas veces lo hacían con lágrimas.

Este simple ejercicio permitía comprender que un estudiante llega al aula con una historia y si la escuela la desconoce difícilmente pueda transformar aquello que está impidiendo su aprendizaje.

“Si no aprendemos de esa situación, no la vamos a poder cambiar”, planteó Silvana.

“Miren las cosas desde otro ángulo”

Juan Carlos dejó a los docentes una última invitación. Es necesario prepararse, estudiar, desarrollar la mejor capacidad y también la “picardía” para encontrar nuevas respuestas.

Para explicarlo, compartió una experiencia en un centro de formación profesional. Un estudiante lo llevó a recorrer el lugar y le pidió que mirara el piso. Después, la cocina. Lo que parecía estar limpio desde una mirada cotidiana mostraba otra realidad cuando se observaba desde otro ángulo.

«Si miramos siempre las cosas desde el mismo lugar, vamos a encontrar siempre las mismas respuestas» – Juan Carlos Pérez

Recordó otros proyectos en los que participó y cómo, a partir de pequeñas acciones, jóvenes que inicialmente tenían enormes dificultades para terminar la escuela primaria pudieron construir trayectorias muy diferentes. Años después, entre aquellos jóvenes había ingenieros, médicos, docentes y personas que habían desarrollado sus propios trabajos.

Y dejó un pedido especial para quienes hoy tienen la responsabilidad de educar. Es necesario mirar las situaciones desde otra perspectiva, buscar respuestas, prepararse y dar lo mejor.

 

Una historia que sigue en manos de otros

En el cierre, Ismael retomó la palabra desde su lugar como miembro de la comunidad. Su invitación fue a mirar también a las familias y a buscar la manera de acercarlas, de enamorarlas de la propuesta y de hacerlas parte.

Para él, la clave está en hacerla una construcción compartida, un proceso que lleva su tiempo, pero que da sus frutos. Recordó que lo que comenzó en un contexto de enorme pobreza y adversidades fue creciendo porque hubo personas que decidieron poner lo poco que tenían. Hubo una comunidad que respondió.

Silvana recordó que muchas de las transformaciones que produce la educación no se ven inmediatamente. A veces requieren años. Incluso generaciones.

Por eso, mirar la historia de Fe y Alegría nos devuelve al presente. 30 años después, aquella historia vuelve a encontrarse con nuevas generaciones de docentes. Es necesario entregar la chispa y mantenerla encendida.

A 30 años de Fe y Alegría en Argentina, mirá el documental sobre los inicios de  nuestro centro educativo en Resistencia, Chaco: «Donde se encendió la chispa»

 

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