Síguenos:

Mons. Jaime Villarroel: “Yo sigo siendo un curita de pueblo” — Una visita que inspira a Fe y Alegría Venezuela

José Gregorio Terán | Director General Fe y Alegría Venezuela

Entre promesas y realidades

 

Carúpano respira entre dos realidades. Sobre el mapa del estado Sucre se despliega un territorio de promesas: playas que el turismo aún no ha descubierto, tierras fértiles que guardan semillas, reservas de gas y petróleo dormidas bajo la superficie. Pero en las calles y veredas late otra historia: una flota pesquera que perdió su rumbo, familias que abandonaron oficios ancestrales, una pobreza que se instala sin pedir permiso. Es en esta tierra de contrastes donde Mons. Jaime ejerce su ministerio como obispo diocesano, sin dramatizar la crisis ni anunciar milagros, sino tejiendo día a día un tejido de presencias concretas.

 

Su mirada no viene de los escritorios. Hijo de familia humilde, estudió en el Instituto de La Salle en Margarita y antes de ordenarse pasó más de un año en un barco atunero. «Como Jonás —dice—, el Señor me rescató y me llamó a ser sacerdote». Esa experiencia en alta mar le dejó una certeza: el trabajo honrado tiene el mismo valor en la cubierta de un barco que en el altar. Al llegar a Carúpano confiesa con sencillez: «Nada sabía de proyectos. Nada sabía de cosas como ésta. Pero me tocó aprender». Y aprendió desde el barro, desde la necesidad de la gente que cuida como familia.

 

Durante la pandemia eligió alejarse del bullicio digital y vivir diez meses en Guariquén, entre comunidades indígenas. Sin internet, sin redes, compartiendo la búsqueda cotidiana de agua y el esfuerzo colectivo con misioneros y familias. Aquel tiempo no fue una visita pastoral; fue una inmersión que transformó la relación entre la Iglesia y el pueblo. Él se acercó sin intermediarios y la gente descubrió en la presencia eclesial algo tangible: quien comparte el mismo cansancio y la misma esperanza.

 

Treinta y cinco proyectos tejidos con la gente

 

Hoy la diócesis sostiene treinta y cinco proyectos ejecutados por ochocientos voluntarios locales. Los proyectos son financiados por conferencias episcopales de Alemania, Italia, España y otras instituciones internacionales, pero su ejecución responde siempre a las necesidades locales.

 

Dieciséis consultorios parroquiales atienden comunidades dispersas; en Santa Ana funciona un centro de salud más amplio donde varios médicos ofrecen servicios sin distinguir credo ni condición. Al detectar que los análisis clínicos eran un obstáculo por su costo, crearon un laboratorio propio donde ocho personas trabajan brindando servicios de calidad a precios accesibles o gratuitos para quienes no pueden pagar. Alemania apoya este esfuerzo, pero la gestión es enteramente local, con transparencia y rendición de cuentas como práctica cotidiana.

 

La pastoral deportiva ha federado una academia que reúne a más de quinientos jóvenes en distintas disciplinas. Junto a ella florece una orquesta sinfónica con noventa muchachos bajo la dirección de una mujer profundamente comprometida con la comunidad eclesial. Estos espacios no buscan solo ocupar el tiempo libre; forjan disciplina, pertenencia y dignidad en quienes encuentran en un violín o una cancha un horario, un propósito, un lugar donde ser reconocidos.

 

En el ámbito económico nació una microempresa de cacao que funciona simultáneamente como empresa, escuela y laboratorio. El camino los llevó a comunidades campesinas de difícil acceso, donde el cacao crece bajo la sombra de árboles nativos. Con el acompañamiento de la familia Franchesci fortalecieron a los productores y visibilizaron especialmente el trabajo de las mujeres. Cuando el Papa solicitó mil quinientas tabletas de chocolate para repartir entre los participantes del Sínodo, cada tableta llevó consigo la historia de esas manos que transforman la semilla en dulzura. Hoy tienen capacidad para producir dos toneladas de chocolate al mes.

 

En un alto de Carúpano funciona un centro de rehabilitación para personas con adicciones, en alianza con la organización eclesial brasileña Fazenda da Esperança. Ocho personas han completado el proceso anual de recuperación; quince continúan el camino. Allí trabajan la tierra, cuidan animales, reconstruyen vínculos. Pronto montarán una panadería que permitirá a los rehabilitados salir con competencias laborales reales y, al mismo tiempo, formar panaderos en la comunidad para abastecerla con pan hecho allí mismo.

 

Alianzas y el horizonte compartido con Fe y Alegría

 

Mons. Jaime teje alianzas con naturalidad. Reconoce: «Yo no soy ducho en estas cosas. A mí se me ocurren las ideas, pero cuento con aliados». Así surgen colaboraciones diversas: con la Universidad de Murcia para diplomados en bioética y psicología. Con ACNUR y UNICEF desarrollan proyectos de atención humanitaria.

 

Fe y Alegría ya ha sembrado una presencia en Güiria: una escuela que poco a poco se fortalece y un apoyo constante a la emisora parroquial del lugar. Mons. Jaime mira hacia adelante con la esperanza de una alianza formal para formación profesional técnica, ya sea a nivel universitario o mediante cursos cortos que certifiquen competencias. Quiere articular saberes ancestrales con formación moderna, preparar informáticos y administradores desde el territorio para el territorio, permitir que un pescador se convierta en carpintero de ribera sin perder su identidad, que una mujer chocolatera reciba título y herramientas para escalar su emprendimiento. La apertura petrolera no debe ser solo una oportunidad para forasteros; debe impulsar que los hijos de Carúpano cuenten con las competencias técnicas necesarias para aprovecharla con dignidad. Capacitar en turismo, soldadura, carpintería de ribera y administración, formar técnicos locales capaces de aprovechar esas oportunidades con dignidad.

 

Construir para mañana

 

Detrás de cada iniciativa late una convicción sencilla: proclamar «Dios te ama» exige que ese amor se haga carne en lo concreto. Mons. Jaime no busca visibilidad en redes sociales ni acumula méritos personales. Sigue siendo, en esencia, un curita de pueblo que entiende la doctrina social de la Iglesia como brújula para tejer tejido social donde antes había vacío. Sabe que formar laicos con capacidad de liderazgo comunitario requiere formación seria, con perspectiva política desde la fe, con valores arraigados en el Evangelio.

 

Carúpano sigue siendo una región deprimida. La pobreza no se ha esfumado. Pero hoy, en sus calles y veredas, hay quienes saben que no están solos. Hay quien bajó del barco atunero, quien caminó diez meses sin internet en Guariquén, quien sostiene con calma que los méritos pertenecen a Dios mientras sus manos construyen consultorios, laboratorios, orquestas, chocolaterías y panaderías en construcción. En ese esfuerzo caben médicos, voluntarios, jóvenes con instrumentos, mujeres chocolateras, exadictos amasando pan, técnicos en formación, y Fe y Alegría que camina junto a ellos como hermana de ruta. Mons. Jaime construye para mañana con las manos en la masa, los pies en la tierra, y la mirada puesta en quien, según él, merece todos los méritos; en el Dios de Jesús.

11 de febrero de 2026

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

©2026 Todos los derechos reservados