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Nuestra Historia

Fe y Alegría: 65 años al servicio del pueblo venezolano

Fe y Alegría es un Movimiento de Educación Popular y Promoción Social, nacido el 5 de marzo de 1955 en el 23 de Enero de Caracas, Venezuela. Hoy está presente en 22 países de América Latina, África y Europa: Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chad, Chile, Ecuador, El Salvador, España, Italia, Guatemala, Haití, Honduras, Madagascar, Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, República Dominicana, Uruguay y Venezuela. Allí atiende a más de 1.500.000 niños,niñas, jóvenes y adultos de sectores urbanos, rurales e indígenas con una gran variedad de programas educativos, comunitarios y de capacitación humana y laboral.

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En Venezuela, Fe y Alegría tiene un total de 176 escuelas, 5 Institutos Universitarios, 23 emisoras de radio conectadas en red, 75 Centros de Capacitación Laboral y un centro de formación, investigación y producción, que coordina las políticas de formación de miles de educadores, no sólo de Fe y Alegría, sino de otras escuelas, produce teoría pedagógica en contextos de marginalidad. De las 176 escuelas, 83 ofrecen educación técnica, pues entre las actuales prioridades de Fe y Alegría está el potenciarlas para desarrollar las competencias laborales y fortalecer su capacidad para resolver problemas en sus contextos de desempeño.

Fe y Alegría nació de un acto de generosidad

Cuando el Padre Jesuita José María Vélaz, fundador de Fe y Alegría, terminó su rectorado de seis años en el Colegio San José de Mérida, le encargaron de la atención espiritual de los jóvenes de la recién fundada Universidad Católica de Caracas. Como la mayoría de los estudiantes pertenecían a familias acomodadas, el Padre Vélaz quería que conocieran la otra Venezuela donde apenas sobrevivían penosamente millones de hermanos para que, al contacto con la miseria, fraguaran una profunda sensibilidad social que les llevara a comprometer su fe y sus vidas en el servicio a los más necesitados.

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En las visitas a lo que hoy conocemos como el 23 de Enero de Caracas, el padre y los universitarios preparaban a los niños para que hicieran su primera comunión. Al acercarse a la gente y ver cómo vivían, sintieron la tragedia de la marginación y comprendieron que para superar tantos problemas que tenían, era necesaria una educación para que pudieran ejercer la ciudadanía de un modo digno. Educación para transformar las vidas y poder contribuir a la transformación del país como sujetos activos y productivos.

 

La primera escuela de Fe y Alegría nació de un acto de rotunda generosidad. El obrero Abrahán Reyes había brindado la sala de su casa para que se celebrara en ella la primera comunión de setenta niños y niñas, fruto de la labor catequética de los universitarios. En la homilía, el padre Vélaz habló de la necesidad de profundizar la labor formativa mediante un proceso de educación sistemática. Para ello, necesitaban construir una escuela, donde todos esos niños y niñas pudieran salir de la ignorancia. Al terminar la misa, uno de los asistentes, el obrero Abrahán Reyes, se acercó al padre y le dijo: “Si usted quiere hacer una escuela, ponga las maestras que yo le regalo este local”.

 

Siete largos años le había llevado a Abrahán y su esposa Patricia construir la casa, ladrillo a ladrillo, como las construyen los pobres. Cuando lograban reunir cien bolívares, corrían a comprar cemento, bloques o cabillas, no fuera que se les presentara algún percance y tuvieran que gastar el dinero. Poco a poco, como un árbol de vida, la casa de Abrahán y de Patricia fue creciendo de sus manos y sus sueños. No había agua donde estaban construyendo y tenían que carretearla en latas de manteca que cargaban sobre sus cabezas desde el pie del cerro. Y cuando todavía estaba fresco el olor a cemento y no se habían acostumbrado al milagro de verla terminada, se la regalaron al Padre Vélaz para que iniciara en ella su sueño de sembrar los barrios más pobres con escuelas: “Si me quedo con ella –trataba de argumentar Abrahán ante el asombro del Padre- será la casa de mi mujer y los ocho hijos. Pero si la convertimos en escuela, será la casa de todos los niños del barrio”.

 

El gesto de Abrahán conmovió profundamente al Padre Vélaz y le mostró el camino a seguir. Si había personas capaces de darlo todo, sí era posible realizar el sueño de llenar de escuelas los barrios más empobrecidos. El iría de corazón en corazón, sembrando sueños y la audacia y el valor para convertirlos en realidades. Levantarían con fuerza la bandera de la educación de los más pobres y muchas personas generosas correrían a militar bajo ella.

Fe y Alegría de la "chispa" al "incendio"

“Escuela: Se admiten niños varones”, decía el tosco cartel que pusieron al día siguiente en la puerta del rancho de Abrahán. Y empezaron a llegar ríos de niños. Las clases comenzaron sin pupitres, sin pizarrones, sin mesas, con cien niños y adolescentes sentados en el piso. Como eran muchos para una sola maestra, dividieron la sala con unas tablas en dos aulas. Diana y Carmen, dos muchachas del barrio de apenas quince años y con sólo el sexto grado de primaria, fueron las primeras maestras. No sabían cuándo ni cuánto les iban a pagar. Así nació Fe y Alegría. Era el cinco de marzo de 1955.

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La segunda escuela, llamada Rosa Molas, nació en Ciudad Tablitas, un barrio muy pobre también en Catia, que lo llamaron así porque todos los ranchitos habían sido construidos con tablitas de cajas de embalaje. El Padre Vélaz consiguió en comodato unos galpones muy rústicos del Banco Obrero y con un donativo de seis mil bolívares de un empresario generoso compraron cien pupitres y acomodaron los galpones para atender en dos turnos a doscientos alumnos. Algunos de ellos rondaban ya los veinte años de edad, ninguno tenía zapatos, la mayoría usaba cotizas y otros acudían descalzos a la escuela. Como algunos se desmayaban por el hambre porque acudían a clases sin haber comido nada, las maestras se las ingeniaron para implementar muy pronto el programa del vaso de leche escolar.

 

Al otro extremo de Caracas, un año después de la primera, nació la tercera escuela, la Inmaculada, en un terreno inhóspito de Barrio Unión en Petare. La obra empezó a crecer luego hacia los suburbios de otras ciudades del país, con el apoyo de diversas congregaciones religiosas y laicos comprometidos con el Movimiento. Ya para 1963, además de 10 colegios en Caracas, funcionaban colegios en Maracaibo, Maracay, Valencia, Pto. La Cruz, Cumaná, Maturín, Puerto Cabello, Barquisimeto, Lagunillas, Carora, Punto Fijo y Puerto Ordaz. En 1964 comienza el proceso de expansión hacia países de América Latina. El lema del Movimiento en esos primeros años era: “Fe y Alegría comienza donde termina el asfalto”.

”Fe y Alegría comienza donde termina el asfalto”… más de 60 años de pasión por la educación.

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