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“Tenemos que orar y accionar”

Testimonio de Yolanda Méndez | Personal administrativo de la Dirección General en Fe y Alegría Venezuela
Escrito por Graciela de los Ángeles Portillo | Comunicaciones Fe y Alegría Venezuela

 

Nueve segundos. Ese fue el breve lapso que separó los dos terremotos que hicieron temblar a nuestro terruño: Venezuela. El primero de magnitud 7.2 y el segundo, más fuerte, de 7.5. Por ambas sacudidas quedaron fachadas agrietadas, y con ellos también cuerpos temblando y corazones latiendo desbocados en el pecho. De aquellos días, los vecinos y amigos de Yolanda le confesaban que se sentían solos, con angustia, con miedo.

 

Ella los escuchaba y los reconfortaba con un abrazo de palabras: “¿Pero por qué sentirnos así, si estamos todos juntos? Vamos a salir de esto, vamos a luchar. Lo que se dañó, tranquilos, que eso se recupera”. Lo decía con una firme serenidad, aunque la misma mujer que infundía ánimo habitaba la misma vulnerabilidad. De la noche a la mañana, Yolanda tuvo que abandonar su apartamento por prevención ante las  posibles replicas que pudieran generarse y en consecuencia, ocasionar un daño mayor a la infraestructura del edificio.

 

Su apartamento se ubicaba en el piso 7 del Edificio Nuevo Catuche, en Caracas. Durante tres semanas estuvo dentro de una carpa a la intemperie, junto a su hijo, su nuera y su pequeña nieta. Ahora, que han transcurridos tres meses de la tragedia, Yolanda al mirar atrás, le pondría el nombre exacto a lo que rondaba entre los refugios: una profunda desasistencia.

 

Cuando estar vivo cobra más sentido

 

Una mañana, dentro de la carpa, Yolanda se dijo a sí misma: “Yo no puedo seguir en esta carpa. Tengo que hacer algo”. Ese deseo de hacer algo la ayudó a superar el miedo, que naturalmente, llega a paralizar en estas situaciones. Mientras esperaban la evaluación técnica de su edificio, su mirada se posó en los niños y niñas que jugaban entre los refugios improvisados en plazas y parques.

 

“Teníamos que organizarnos para cocinar y alimentar a quienes realmente se habían quedado sin nada”, cuenta. Yolanda contagió a otros de sus ganas de hacer: su familia y siete amigos se sumaron a esa necesidad de hacer algo por los demás. Para ella, la fe sobrepasa la contemplación.

 

“Una cosa es decir: ‘Bueno, Dios nos dejó vivos y estamos sanos’, pero también tenemos que hacer algo: orar y accionar”, aseguró con mucha firmeza.

 

“Y es por ello que a las tres semanas nos levantamos con fuerza y seguimos. Sí, estuve en un lugar que no era mi casa, pero trabajamos fuerte y con mucho orgullo. No sentía cansancio, eso me daba fuerza para seguir, porque de verdad Venezuela lo necesitaba”, contó.

 

La cocina como trinchera de esperanza

 

Así se activó una red de colaboración espontánea. A través de estados y grupos de WhatsApp, la información circulaba: qué hacía falta, a dónde ir, quién lo necesitaba. La gente colaboraba por la confianza que inspiraba Yolanda, quien ya venía realizando labor social con la iniciativa comunitaria FDC (Formación, Deporte y Cultura), un espacio donde niñas, niños y jóvenes encuentran en el kickingball, el arte y la música un refugio para crecer.

 

Yolanda, reconocida en la oficina por su buena sazón, asumió la cocina junto a un grupo de mujeres. Madrugaba a las cinco de la mañana y a las siete ya tenía en marcha dos inmensas cocinas a las que llamaban “los primos”, por su gran tamaño. A las doce en punto del mediodía, salían hasta 60 almuerzos para ofrecer a las familias de los campamentos. También se llevaban medicamentos a los heridos en los hospitales.

 

Las cicatrices que enseñaron a servir

 

Esa fortaleza de Yolanda se templó hace años. En 1999, cuando tenía 30 años, sobrevivió al Deslave de Vargas. Conoce en carne propia lo que se esconde detrás de la palabra damnificado. “Fue un golpe muy duro para mí, pero me enseñó que no podemos quedarnos de brazos cruzados. Por eso, desde el año 2000 no he parado de hacer labor social. Donde me necesiten, siempre voy a estar ahí”, insiste.

 

Al comparar ambas catástrofes, Yolanda nota una diferencia agridulce: tras el doble sismo sintió mayor desidia, pero también vio nacer con fuerza la solidaridad del propio venezolano. Y aunque confiesa que el impacto psicológico la afectó en los primeros días, la conciencia de estar viva la salvó: “Uno lo que quiere es que todas esas personas que sufrieron y lo perdieron todo sientan que tienen un apoyo real”.

 

Hoy, el Edificio Nuevo Catuche intenta levantarse. Las escaleras ya han sido reparadas, aunque las fachadas sigan mostrando los estragos del sismo y en el apartamento de Yolanda, una grieta se mantiene en la pared de su sala de estar. “Me siento segura porque las columnas están bien, gracias a Dios. Pero una pared de mi casa se abrió y hay muchas cosas por reparar. Las pasarelas aéreas tampoco me dan mucha seguridad, pero bueno… ahí vamos”, cuenta.

 

La escuela que transformó el corazón

 

Para finalizar la conversación, le preguntamos si siempre fue la mujer servicial y entregada que vemos hoy. Yolanda viajó en el tiempo hasta 1996, el año en que cruzó por primera vez las puertas de Fe y Alegría. Para ella, ese día fue un renacer.

 

“Al llegar a Fe y Alegría hubo muchos cambios en mi persona, porque sentí que Fe y Alegría te impulsa a hacer muchas cosas. Esa mística de servicio yo creo que la adopté rapidísimo”, afirma. Tras sobrevivir al deslave, se convenció aún más de que todo lo aprendido en las aulas y oficinas de Fe y Alegría debía ponerse en práctica en la calle.

 

“Le doy infinitas gracias a Fe y Alegría por estar donde estoy, porque me ha enseñado y me ha formado para ser la persona que ves hoy”, concluye con gratitud.

 

29 de septiembre de 2026

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