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“Era mi turno de retribuir todo lo que recibí”: La exalumna de Fe y Alegría que movilizó recursos para ayudar a los afectados por el doble sismo 

Javier Barrios | Comunicación Fe y Alegría Venezuela 

Testimonio de Astrid García | Ex alumna de la Escuela Fe y Alegría Andy Aparicio 

 

Cuando el teléfono de Astrid García sonó en Washington D.C., la noticia al otro lado de la línea le cortó la respiración: dos terremotos acababan de sacudir a Venezuela. En los primeros minutos, la distancia hacía difícil medir el impacto real. Sin embargo, a medida que las horas transcurrían y las imágenes de familias afectadas en Caracas y La Guaira comenzaban a circular en redes sociales, una pregunta surgió en lo más profundo de su corazón: ¿cómo puedo ayudar?

 

Astrid, de 33 años, fue movida por una energía cuya raíz recibió entre 2007 y 2010, cuando estudió en el Colegio Fe y Alegría Andy Aparicio en la parroquia La Vega de Caracas. El 25 de junio, al día siguiente del doble terremoto, empezó a comunicarse con amigos para activar una red de solidaridad.

 

Puente de solidaridad internacional

 

Desde Estados Unidos, Astrid se convirtió en un puente entre donantes en el exterior y equipos de voluntarios desplegados en Venezuela. Organizó colectas y coordinó cuatro equipos de respuesta directa en Caracas y La Guaira.

 

Entre todas las vivencias en terreno, una historia registrada en Tanaguarena (La Guaira) marcó profundamente el sentido de esta labor. Astrid contactó a un habitante de la zona que buscaba desesperadamente a su hermana y a sus dos sobrinas tras el colapso de su entorno. Gracias al apoyo canalizado, se le facilitaron herramientas de rescate para la búsqueda.

 

Dos semanas después, el hombre logró hallar los cuerpos de sus familiares. Lejos de rendirse, decidió sumarse como voluntario para ayudar a los vecinos de su comunidad.

“Perdí a una hermana, pero la vida me puso a otra hermana en el camino”, le dijo a Astrid. Una muestra de que la solidaridad mueve corazones.

 

La magnitud de la jornada solidaria

 

Para garantizar que cada aporte llegara a las zonas más vulnerables, Astrid estableció un sistema riguroso apoyado en análisis de necesidades, facturas, registros fotográficos y testimonios. Hasta la fecha, la iniciativa ha recaudado 36.000 dólares, ejecutando casi el 95% de los fondos en insumos prioritarios:

 

3.380 comidas servidas a lo largo de los meses.

 

420 carpas, 190 colchones y 60 toldos para campamentos.

 

4.122 unidades de medicamentos entregados.

 

Herramientas de rescate (esmeriles, cascos, palas) y 750 kits de higiene personal.

 

960 botellas de agua y suministro constante mediante cisternas para llenar tanques comunitarios.

 

420 cotillones con juguetes entregados durante las jornadas del Día del Niño.

 

Esta ayuda fue distribuida en seis centros de salud —como el Hospital Domingo Luciani, el Periférico de Catia, el Pérez Carreño y el Hospital Universitario—, refugios en Caracas (Parque Carabobo, Nuevo Circo, 23 de Enero) y diversos sectores de La Guaira (Maiquetía, Catia La Mar, Tanaguarena, entre otros).

 

La emergencia no ha terminado

 

A meses de los eventos telúricos, la emergencia no ha terminado. Con solo 300 dólares restantes en el fondo —lo equivalente a una jornada más de trabajo operativo en terreno—, Astrid ya planifica una nueva fase de recaudación.

La meta inmediata está enfocada en el inicio del año escolar. Muchos niños y niñas en La Guaira no cuentan con planteles en condiciones adecuadas ni con los útiles necesarios para retomar sus estudios.

 

Al regresar a Venezuela recientemente, para Astrid fue impactante ver la magnitud de la crisis y tantas necesidades que seguían habiendo a más de dos meses del terremoto. Sin embargo, también fue clave conocer a tanta gente maravillosa en terreno que, aun siendo beneficiaria del apoyo, mostraba una voluntad enorme de ayudar a sus comunidades.

 

“Para mí fue muy bonito ver la resiliencia del venezolano, la resiliencia sobre todo de las personas en La Guaira, y esas ganas de siempre salir adelante”, dijo. Astrid siente que ver en cada momento una oportunidad y estar siempre mirando al futuro a lo que viene de manera positiva es la Venezuela a la que quiere seguir acompañando. 

 

Educamos corazones

 

La vocación de solidaridad de Astrid se forjó en los salones de su colegio, pero también en la vivencia personal. En el año 2010, durante las lluvias que afectaron a la capital, su familia perdió su vivienda en La Vega. En medio de la tragedia, el colegio Andy Aparicio abrió sus puertas y se convirtió en su casa y refugio temporal.

 

“Esos salones donde un día vi clases, ahora se habían convertido en mi hogar. Sentirme acompañada y recibir el amor de Fe y Alegría fue clave. Por eso, al ver lo ocurrido con los sismos, entendí que era mi turno de retribuir todo lo que una vez recibí”, recuerda Astrid.

 

De su paso por la institución no solo conserva los contenidos educativos y el pensamiento crítico, sino valores fundamentales como la empatía y la solidaridad activa.

“Lo que más recuerdo es justamente la educación y la dedicación de los profesores en enseñarnos mucho pensamiento crítico, muchas habilidades que trascienden a lo largo de la vida… y valores como la empatía y la solidaridad”, dijo Astrid.

 

Para ella, tras 16 años de graduada, las herramientas socioemocionales e incluso las destrezas más prácticas como la programación y el código son aprendizajes que sigue teniendo consigo y practicando en su vida cotidiana.

 

Astrid se graduó como Técnica Media en Informática en el Colegio Fe y Alegría Andy Aparicio, donde adquirió pensamiento técnico y sus primeros valores de servicio. Posteriormente, estudió Periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y obtuvo una Maestría en Políticas Públicas en la Universidad de Chicago.

 

La labor de Astrid evidencia que la educación impartida en aulas como las de Fe y Alegría no se quedó en el pizarrón: se convirtió en una fuerza transformadora capaz de cruzar cualquier frontera.

29 de Septiembre de 2026

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