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Fe y Alegría inaugura la Escuela Abraham Reyes, en Tinajitas (Lara)

P. José Gregorio Terán | Director General de Fe y Alegría Venezuela

Llegamos antes de que sonara el timbre. En las calles de Tinajitas ya se veía a la gente salir de sus casas; ya se oían pasos. Bajaban los niños. Había llegado el gran día. Llevaban franelas sencillas y limpias, con el logo de Fe y Alegría en el pecho. Nadie lo anunció, pero se notaba en el ambiente; donde hace poco solo había un ranchito, ahora se alzaba una sede sólida, bonita. No era solo concreto y ventanales. Era memoria hecha espacio.


Nos pidieron ponernos de pie. Un silencio breve cubrió el patio. Fue una pausa para respirar, para agradecer. Luego llegaron los aplausos: para las maestras que siguen en pie; para los albañiles que levantaron paredes sin descanso; para las familias que trajeron lo que pudieron. Se respiraba alegría, entusiasmo. En un país que a veces olvida cómo proyectar el futuro, en Fe y Alegría decidimos construirlo.


Luis Arrieche, actual director, acompañado de varios niños, nos contó las raíces de este sueño. Todo empezó con una pizarra apoyada sobre una silla en la Capilla San Miguel Arcángel. La maestra Lucía anotaba nombres; su esposo ayudaba a escribir. Era 2006. No había aula, había necesidad. Yamile llegó ese mismo año y convirtió un rincón de misa en salón. En 2007, Adriana y Maigualida se sumaron. No esperaron permisos; gestionaron. En 2012 nos mudamos a una casita comunal. Cargábamos bloques, buscábamos ventanas, caminábamos por la circunvalación. Cuando el techo se nos quedó chico, nos fuimos a los galpones. Rita, coordinadora pedagógica, dejaba el cuaderno para lavar tazas y asegurar que la comida llegara a las mesas. Cada obstáculo fue un peldaño. Cada paso, una prueba de que la escuela no se rinde.

Desde 2015 caminamos por varios sectores buscando un terreno para construir la escuela, pero los intentos fueron fallidos. Hasta que en 2024 apareció Irma, vecina del único lote desocupado de Tinajitas. Estaban a punto de venderlo. Ella lo frenó. Se lanzó la campaña de los diez mil corazones para reunir el pago. En una reunión casi al cierre de ese año escolar, el Padre Piedra preguntó por la escuela. Mostraron la imagen satelital del terreno. Una frase bastó: «Vamos a comprarlo». En agosto, bajo la gestión de la profesora Zuhaila Pérez, el terreno dejó de ser un sueño lejano para convertirse en piso firme.


Luis recordó la voz de la profesora Noelbis Aguilar. Hace tiempo, cuando todo era provisional, nos dijo una frase que hoy cobra cuerpo: «Esa escuela chiquita es la escuela de todos. Pronto veremos crecer una escuela grande». Hoy lo veo. No es solo un edificio. Es una promesa que se hizo ladrillo.


Y mientras los aplausos resonaban, Luis hizo una pausa. Habló de cifras. Las dijo sin dramatismo, con la voz clara: de noventa niños, apenas veinticinco terminan la secundaria. Solo tres llegan a la universidad. Luego dedicó tres puntos suspensivos al futuro por construir… En un contexto así, levantar un colegio no es un gesto romántico. Es un acto de resistencia. Es negarse a aceptar que el destino ya está escrito.


Junto a los andamios hablamos con el ingeniero Carlos y su equipo. No nos dio cifras de metros cuadrados, habló de tiempo: «En cuatro meses logramos materializar lo que se soñó durante dos décadas». No fue magia. Fue cálculo, paciencia y oficio. El arquitecto y los obreros sonreían. Pero el sueño no se detiene; ya se piensa en el patio con adoquines, las gradas, los bancos. Más adelante, nuevos salones en el lado derecho. Porque, ¿quién dijo que se acabaron los sueños?

¿Por qué contarles esto?


Porque Tinajitas no es un barrio más en la estadística. Es una comunidad que se organizó, que caminó, que no soltó. El timbre va a sonar. Irma lo escuchará desde su ventana. Los niños cruzarán el patio, subirán las gradas, ocuparán los bancos. Esta escuela no es un final; es un comienzo. La historia, por fin, tiene dónde escribirse, y la educación no se inaugura un solo día: se sostiene cada mañana. Y mientras haya manos que enseñen, pies que caminen y gente que crea en el otro, el terreno ya no será árido. Llegó el gran día. Y la historia, por fin, tiene dónde escribirse.

Importancia de inaugurar una escuela hoy


Inaugurar una escuela hoy no es un gesto de ingenuidad. Es una apuesta consciente. En un país que a veces mide el futuro por lo que le falta, en Fe y Alegría decidimos medirlo por lo que estamos dispuestos a construir. No esperamos a que la salvación llegue de afuera. Somos nosotros, con las manos en la tierra y los pies firmes, los que vamos a recuperar este suelo. Abrir estas puertas es un acto de responsabilidad y de audacia silenciosa. Es afirmar que la educación no es un lujo para los tiempos de calma, sino el único puente real para los tiempos de sombra. La esperanza no se anuncia; se trabaja. Nace de la convocatoria, del llamado a sumar voluntades, de cerrar alianzas que no persiguen aplausos, sino resultados. Cada ladrillo, cada cuaderno, cada mano que se tiende es un voto contra la resignación. El país no se repara con promesas lejanas; se reconstruye con trabajo disciplinado, con presencia terca, con la certeza de que, cuando uno da el primer paso, otro lo sigue. Así, la hazaña de caminar juntos se convierte en el hábito diario de hacer posible lo imposible.

La presencia de la fe cristiana en la inauguración


En la celebración de la Palabra se resaltaron estas reflexiones sobre la Pedagogía del Testimonio:

1. Jesús no dictó una lección sobre la humildad. Se quitó el manto, tomó una toalla y lavó los pies. Primero actuó. Después habló. Esa es la marca de Fe y Alegría: el testimonio. El currículo más importante se escribe con gestos.


2. Abraham Reyes fue testigo de una verdad sencilla: la educación popular no nació de grandes presupuestos, sino de la generosidad de quien tiene poco y decide darlo. No fundó una institución para que otros la cuidaran. Fundó un movimiento donde cada uno es responsable del otro.


3. Este techo no se sostiene si esperamos que lleguen otros a arreglarlo. No estamos aquí solo para recibir. La vida de esta escuela depende de lo que cada uno pone sobre la mesa: tiempo, trabajo, paciencia, mirada atenta, mano extendida. Si nos quedamos en la orilla, la idea se apaga. Si nos metemos al agua, el proyecto navega.

La historia de las franelas

 

 

Antes del corte de cinta, la tela ya había hablado. Jordan, un niño de la escuela, me lo contó: su madre, Yaisela Arrieta, compró el rollo. Consiguió una cortadora, trazó las tallas, armó las franelas. En su taller de Tinajitas, entre la máquina, la plancha y la ayuda de una vecina, fueron saliendo, una a una, ciento setenta franelas. Cada una llevaba el escudo de Fe y Alegría y una frase que hoy se lee en los patios: «Llegó el gran día». No era un uniforme impuesto. Era un trabajo de familia. Cuando vi a los niños caminar con la prenda nueva, entendí que la inauguración no comenzó con un discurso. Comenzó en esa sala donde una madre midió, cortó y cosió, con la certeza de que lo propio también educa. Yaisela no solo vistió a los estudiantes. Les entregó un mensaje prendido con hilo: lo grande se teje con lo que tenemos, con lo que sabemos, con la decisión de no quedarnos quietos. Esta escuela no solo se levanta con bloques. Se viste con manos que no esperan, que toman la iniciativa y hacen posible lo necesario.

Mis padres Frieda y Robert Fischer


Esta escuela fue construida de la herencia de Frieda (fallecida el 12 de enero de 2023) y Robert Fischer (fallecido el 27 de junio de 2017) de Rankweil, Austria. Querían que los niños y niñas recibieran una buena formación. ¡Bendita sea su memoria y alabado sea Dios!
Antecedentes


Frieda y Robert se casaron en 1954 y tuvieron tres hijos: Georg, Richard y Rita. Nuestros padres lograron construir una casa, trabajando duro, con diligencia y con gran austeridad. Incluso teniendo poco para su propio sustento durante muchos años, ayudaron a otros que estaban en necesidad. La fe cristiana les dio fuerza, orientación y alegría. Se inspiraron en la Biblia, que muestra el amor y el cuidado de Dios por los débiles, y Jesús como ejemplo vivo de este amor.


Su deseo era que los pobres, especialmente los niños, se beneficiaran de su patrimonio. Su hijo Georg, jesuita en Innsbruck (Austria), ha decidido apoyar la construcción de esta escuela en Tinajitas. Que la vida y la dedicación de mis padres se conviertan en un estímulo para que todos los niños aquí caminen por un buen camino, junto a Dios, y escuchen siempre su palabra, la Biblia.


Georg Fischer SJ

13 de mayo de 2026

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