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Francelys: Una mirada que inspiraba nobleza y un espíritu alegre

Testimonio de la Familia Iriarte | Representantes de la U.E. Simón Bolívar de Fe y Alegría
Por Graciela de los Ángeles Portillo | Comunicaciones Fe y Alegría Venezuela

Al recordar a Francelys, la emoción ilumina el rostro de sus padres y de su hermana menor. Estudiante de 4.º año de bachillerato en la Escuela Simón Bolívar de Fe y Alegría, ubicada en Caraballeda (La Guaira), Francelys destacaba por una alegría contagiosa y su sueño de convertirse en jugadora de voleibol. Tras el colapso de su edificio, su padre, Franklin Iriarte, permaneció durante 29 días removiendo escombros para encontrar el cuerpo de su hija.

 

“En la casa me hacía reír. Ella decía: ‘papi, papi, papi’, y se me tiraba encima. Hablábamos mucho y me hacía reír muchísimo”, recuerda su papá con emoción. “Era muy noble, no tenía pizca de maldad ni de mala intención, nada. Era impresionante. Y no lo digo porque fuera nuestra hija, sino porque era real”, agrega. Franklin evoca con cariño su personalidad extrovertida y el esmero con el que cuidaba su melena rizada: “Para ella su cabello era lo primordial”.

 

Por su parte, su hermana Celina, también estudiante de Fe y Alegría, evoca entre risas las bromas cotidianas: “A pesar de las peleas, siempre estaba conmigo. Era una de mis compañeras. Jugaba con mi perrita, bromeaba conmigo… Jugábamos así, haciendo las cosas entre nuestras peleas”, relata con una sonrisa en su rostro al recordarla. Celene, su mamá, destaca el entusiasmo con el que Francelys, a sus 16 años, asumía cada día: “Ella decía que la vida era una sola y que tenía que vivirla”. Esa forma de ser sembró lazos profundos con sus compañeros de clase.

 

“Eso me fortalece, porque dejó hermosos recuerdos en sus amigos. Ellos siempre la mencionan, la tienen presente y la extrañan”, expresa Celene. “Los amigos de mi hija eran de verdad, lo demostraron. Estuvieron pendientes, llamaron y vinieron”. Incluso durante los angustiosos días de búsqueda, recuerda cómo se acercaban a llevarles comida y a acompañarlos en el llanto.

 

29 días de fe, manos a la obra y un amor profundo

 

El día del doble terremoto, Franklin Iriarte acababa de estacionar su vehículo y se disponía a bajar las compras del mercado junto a su esposa Celene y su hija menor, Celina. Francelys permanecía dentro del apartamento.

 

“En eso mi esposa me dice que está temblando. Lo primero que hice fue mirar hacia la ventana para ver si veía a mi hija y decirle: ‘¡salta!’”, cuenta Franklin. Segundos después sobrevino el segundo sacudón, tan violento que lo obligó a saltar para mantener el equilibrio.

 

Al cesar el movimiento de la tierra, vio derrumbarse frente a sus ojos la torre que se ubicaba al lado de su edificio. Desesperado, volvió la mirada hacia la ventana de su propio apartamento. En cuestión de instantes, la estructura donde se encontraba Francelys comenzó a colapsar.

 

“Me detuve y vi que todo eso me cayó ahí mismo en los pies. Lo que me echó para atrás fue el mismo humo que me golpeó”, rememora Franklin. La densidad del polvo le hizo perder de vista el edificio, temiendo lo peor. La familia habitaba en el piso 5 de la torre E del complejo habitacional OPP 25 (perteneciente a la Gran Misión Vivienda Venezuela), en Tanaguarena. El doble sismo provocó el colapso de dos de las siete torres del conjunto.

 

En medio del pánico, Celene protegió a su hija menor entre los brazos y corrió hacia la avenida buscando refugio: “Yo sentía que era tan eterno que gritaba. Le decía a Dios: ‘¡para, ya basta, para!’. Fueron segundos eternos”, relata. Al mirar atrás y ver la estructura ceder, su intuición de madre se fracturó: “Mi corazón se partió. Cuando vi que el edificio se caía, sentí… sí sentí que mi hija ya no estaba con nosotros”.

 

A pesar de la devastación, Franklin corrió hacia las ruinas con una determinación que sostuvo a la familia. “En su misma fe, él me impregnaba fuerza. Aunque yo en el fondo lo sabía”, confiesa Celene.

 

La pregunta inmediata era cómo mover las pesadas moles de concreto. “Había piedras gigantescas”, recuerda Franklin. Sin embargo, la búsqueda comenzó esa misma noche del 24 de junio.

 

“Fueron 29 días removiendo esos escombros. No fue fácil: yo lloraba y trabajaba a la vez”,expresa Franklin sobre aquellas jornadas en las que excavó con sus propias manos. A pocos metros, en el vehículo familiar, su esposa e hija pernoctaron durante casi un mes para acompañarlo día y noche.

Foto de Mikel Ferreira

Poco a poco, la solidaridad comunitaria se hizo presente. “Fueron pocas personas, pero las que estuvieron allí me ayudaron con sus propias manos. Algunos me daban una herramienta. Salí por redes sociales pidiendo auxilio y alguien me llevó una linterna chiquitica; con eso me defendí bastante. Yo quería mantener la esperanza de hallarla con vida hasta el último momento”, señala Franklin.

 

Celene lo acompañaba en el proceso mientras preparaba el corazón para el desenlace. “Franklin, tienes que ser fuerte por lo que viene”, le decía. “Trataba de que él, entre su desespero y su fe, también viera el panorama de que ella tal vez ya no estaba. Le preguntaba: ‘¿Cómo vamos a hacer para enterrarla si quedamos solo con lo que llevamos puesto?’”.

 

Durante los primeros días no hubo maquinaria pesada. Con el tiempo, la difusión en redes permitió conseguir una planta eléctrica y herramientas de corte para perforar columnas. Entre los gestos que conserva en la memoria, Franklin evoca a una vecina: “A las 11 de la noche me vio excavando solo y me regaló una linterna. Con esa luz pude seguir trabajando”.

 

A pesar del esfuerzo, el agotamiento físico y emocional hacía mella: “Cuando ya habíamos peinado la zona del apartamento, le dije a mi esposa: ‘¿Sera que no vamos a ver más a mi hija? Irnos y saber que no pudimos recuperar aunque sea su cuerpo sería imperdonable’”.

 

El hallazgo se logró gracias a la colaboración de los voluntarios. Un socorrista sintió la corazonada de revisar el área de las escaleras, donde una vecina divisó algo entre las ruinas y llamó a Franklin.

 

“Cuando bajé y vi las llaves del teléfono, supe que era mi hija”, relata Franklin conmovido. Celene rememora aquel instante con estremecimiento: “La imagen que se me quedó plasmada fue verla sosteniendo la llave de la casa. Me quedé en shock, luego reaccioné y subí”.

 

Tras 29 días de entrega incansable, la perseverancia de esta familia permitió brindarle a Francelys una despedida digna.

 

Reconstruir la vida y guardar el afecto comunitario

 

 

Franklin tambien perdió su instrumento de trabajo: un tráiler de barbería móvil. Hoy reinicia su labor a domicilio: “Estoy empezando poco a poco, atendiendo solo a clientes conocidos mientras me reencuentro con el oficio”, comenta Franklin, quien junto a su familia comenzó a recibir atención psicológica en la escuela de Fe y Alegría.

 

Tras la pérdida de su vivienda, debieron trasladarse a Maiquetía para convivir temporalmente con un familiar. Descartaron ir a un refugio, pues vivieron esa dura experiencia durante tres años tras la vaguada de 2010. Celene señala: “El corazón y la mente no nos dan para eso; hay que tener mucha fortaleza y nosotros venimos golpeados. Ya vivimos lo que es estar en un refugio”.

 

De aquellos 29 días, Franklin atesora la empatía de la gente: “Quienes venían a traer una ayuda a veces te daban algo, pero el abrazo que te daban valía más que cualquier cosa, porque uno se sentía muy solo”.

 

Sin embargo, por la distancia y el impacto emocional de transitar por nuestra escuela donde estudiaba Francelys, la familia ha decidio retirar temporalmente a su hija menor.

 

“Nos vamos con mucho dolor de este espacio, porque en Fe y Alegría uno se siente en casa. Irnos con mi niña es otro golpe más”, confiesa Celene. Franklin, por su parte, reflexiona sobre la pérdida material: “Nosotros quedamos en nada. Incluso esta camisa que llevo puesta era la que tenía el día que se cayó el edificio”. Pese a la incertidumbre, Celene afronta el horizonte con entereza: “No sé qué depare el futuro, pero si Dios nos sacó de este lugar por ahora, tenemos que aceptarlo e ir paso a paso”.

El tiempo en familia

 

A tres meses de la tragedia, la familia Iriarte reflexiona sobre las verdaderas prioridades de la existencia. Para Franklin, esta dura vivencia dejó un aprendizaje imborrable sobre el valor del tiempo en familia:

 

“Uno a veces se enfrasca tanto en trabajar y en lo material, cuando uno tiene que ser feliz con lo poco que tiene. Perdí lo más valioso, a mi hija, y siento que no la disfruté como debía. A pesar de que la buscaba todos los días, faltó sentarme con ella a caminar, a hablar… Nunca le dediqué el tiempo suficiente”, confiesa.

 

En ese momento, Franklin mira a su esposa y a su hija menor, y reflexiona conmovido: “Mi tesoro es esto que está aquí. Vale más que un carro, vale más que una casa, vale más que eso”.

 

Celene cierra este testimonio -aún procesando lo vivido- invitando a los demás a cuidar y valorar la familia: “Disfruten a la familia y dejen lo material a un lado, porque las cosas van y vienen, se recuperan, pero lo que tienes a tu alrededor —tus hijos, tus padres, tu familia— vale más que cualquier cosa”, concluye.

29 de septiembre de 2026

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