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Glenyis Sencial: la mujer que narró las historias de su pueblo a través de la radio

Graciela Portillo | Comunicaciones Fe y Alegría Venezuela

En Venezuela existe un territorio desértico, moldeado por sus grandes cactus y salinas blancas parecidas a la nieve, que se encuentra de frente con el azul de nuestro mar Caribe. Reconocida como el lugar «donde comienza Venezuela» y habitada por los pueblos wayúu y añú, esta gran inmensidad encuentra su verdadero corazón bajo la sombra de las enramadas que protegen del fuerte sol. Allí, donde las familias se reúnen para tejer palabras, celebrar la vida y realizar sus asambleas, es también donde hoy se recuerda con especial afecto a Glenyis Sencial: una periodista indígena wayúu que, con la calidez de sus historias y la fuerza de su voz, logró conectar a todo un pueblo a través de las ondas radiales.

 

Hablamos del municipio Guajira, en el estado Zulia, cuna de la primera radio indígena de Venezuela: Radio Fe y Alegría Paraguaipoa 92.5 FM. Desde su fundación en 1998, la emisora asumió la misión de ofrecer una educación intercultural bilingüe mediante programas educativos y materiales pedagógicos (como radionovelas y cartillas) en wayuunaiki y español. Asimismo, se consolidó en la defensa de la lengua materna y la reafirmación de la identidad cultural, sirviendo como un puente de encuentro y diálogo para que las comunidades de La Guajira compartan sus sueños, visibilicen sus problemas locales y construyan soluciones a través de informativos, entrevistas y espacios de participación ciudadana. Una misión que hoy cumple 28 años de resistencia por la identidad y los derechos humanos.

 

La casa de dos pisos y el nacimiento de una vocación

 

Antes de que la radio fuera inaugurada formalmente, por los caseríos de La Guajira ya circulaba la noticia de que una emisora nacería en Paraguaipoa. Ese rumor llegó a los oídos de Glenyis mientras caminaba por su comunidad. Intrigada, decidió acercarse al poblado para ver la sede que llamaba la atención de todos: una edificación de dos pisos —algo poco común en la zona— decorada con símbolos ancestrales en su fachada.

 

“Si es una emisora wayúu, yo creo que es un espacio para mí, porque yo soy wayúu”, pensó Glenyis.

 

 

 

Con apenas 19 años de edad, mientras la primera radio indígena comenzaba a dar sus primeros pasos, Glenyis —sin saberlo aún— empezaba también a tejer puentes con su palabra, a ampliar sus horizontes y a convertirse en un referente para otras mujeres de su pueblo, transformándose en la primera comunicadora wayúu de la guajira venezolana.

 

El reto universitario: viajes de seis horas y el miedo a la cámara

 

“Yo fui muy tímida, entonces ahí es donde uno se da cuenta que los seres humanos nos ponemos retos y yo creo que estudiar comunicación para mí fue el verdadero reto”, recuerda Glenyis.

 

Egresada de la Universidad del Zulia (LUZ), Glenyis demoró más de cinco años en obtener su título universitario. El camino no fue fácil: debía viajar diariamente de Paraguaipoa a Maracaibo en trayectos que tomaban tres horas de ida y tres de vuelta, pudiendo extenderse hasta seis horas si el autobús presentaba alguna falla mecánica. Por esa razón, cada semestre sólo podía cursar una o dos materias de las cuatro o cinco correspondientes, nivelándose durante los cursos de verano. Todo esto mientras empezaba a formarse con Radio Fe y Alegría, recibiendo capacitaciones en Maracaibo para luego ponerlas en práctica en Paraguaipoa.

 

“Nunca en la vida le dije a los profesores por qué era mi llegada tarde a la universidad. Nunca les dije que yo era periodista. O sea, no es que era periodista, ya yo era comunicadora social en la primera emisora indígena de Venezuela, eso era muy grande, ese era un motivo muy grande, pero nunca se los dije, por pena a que me preguntaran algo del periodismo y yo no saber qué responder”, rememora.

 

A ese temor se sumaba una amarga anécdota con un profesor universitario que, tras evaluar reprobatoriamente un examen, le dijo: «Tú no sirves para periodista, vete para la Guajira». Lejos de amedrentarla, Glenyis convirtió aquel obstáculo en un reto profesional y personal.

 

Ese camino había comenzado tiempo atrás, cuando al culminar el bachillerato presentó la Prueba OPSU (Prueba Nacional de Exploración Vocacional). Aunque su madre le sugería estudiar Medicina y sus amigos le aconsejaban Derecho por su reconocida inteligencia, los resultados vocacionales arrojaron tres opciones precisas: Comunicación Social mención Impreso, Comunicación Social mención Audiovisual, y Relaciones Públicas y Publicidad.

 

“Yo fui muy sincera en lo que me gustaba, pero después cuando vi el resultado, las piernas me temblaban, aquí hay que hablar frente a una cámara, ¿Cómo voy a hacer eso? A duras penas puedo exponer, porque siempre sacaba buenas notas, pero yo sentía que cuando tenía que exponer me daba como un miedito”, confiesa.

 

 

 

En esa época de transición tecnológica entre el casete y el disco compacto, Glenyis contó con el acompañamiento de compañeros a quienes recuerda como sus verdaderos maestros: Wilfredo Luzardo, Gerardo Lombardi, Mermis Fernández, Alexander Hernández, Rogelio Suárez, Doris Falcón, Mónica Marchesi, Bartolo Salas, Mayra Alejandra González, Leslie González, Armando González, Isidro Uriana, Jesús Mario Montiel, Bexaira, María Eva Lobo, Mario Pérez, María Andrea García, Jorge Flores, y Frank Peña. Junto a ellos descubrió que su verdadera pasión era escribir.

 

“Yo lo que hacía era que tomaba todo lo que aprendía y decía, bueno, esta gente me pusieron a trabajar en una radio, pero yo voy a escribir, en la radio también se escribe y es una parte bonita de la radio”.

 

Descubrir la vocación: contar historias

 

Al adentrarse en la profesión, Glenyis descubrió que los relatos contados por sus ancestros tenían nombres técnicos en el periodismo: leyendas, fábulas, reportajes, crónicas y cuentos. Al pueblo wayúu le apasionan las historias porque a través de ellas preserva su memoria, fortalece los lazos familiares y explica su origen y conexión con la naturaleza. Por ello, en cada visita a las comunidades, Glenyis indagaba sobre sus orígenes, recibiendo valiosas enseñanzas tanto de sus hermanos wayúu como de los alijunas (no indígenas).

 

“Lo que me daba más fuerza y me motivaba era saber que a través de eso que yo redacté, yo iba a ser como un puente entre el mundo wayúu y el mundo alijuna, porque ni siquiera había un manual que te dijera cómo se redacta una noticia sin salirse del contexto wayúu”, explica.

 

Recordó, por ejemplo, cuando un medio impreso tradicional publicó una nota afirmando que los wayúu consumían «carne seca», sugiriendo erróneamente que se debía a la falta de refrigeradores, cuando en realidad la carne cecina forma parte de una ancestral tradición gastronómica de la zona.

 

“Así entendí que como periodista wayúu yo tengo doble reto, aprender cómo se redacta una noticia, pero sin sacarla del contexto wayúu. Lo que me ayudó a desarrollar mi carrera fue escuchar a mis mayores wayúu y así fue transcurriendo todo el proceso donde yo aprendía y llegó esa iniciativa de hacer una radionovela”, señala.

 

 

 

Ese amor por la narración se cultivó en su infancia junto a su bisabuela. En la cultura wayúu, las historias se heredan desde niños: algunas de misterio y otras de aventura. Una de las leyendas que Glenyis recuerda con especial afecto es la de Reyes, un dictador que habitó La Guajira y colocaba fosas en Paraguaipoa para lanzar a quienes se rebelaban. Su bisabuelo, un aguerrido indígena, luchó contra Reyes para rescatar a una de sus hermanas, una doncella a quien el tirano pretendía tomar a la fuerza. Aunque los hermanos lograron salvarla, Reyes los persiguió sin descanso, pero jamás pudo atraparlos.

 

“Entonces todas esas historias, todos esos cuentos. Siempre me gustaron, siempre, siempre, siempre me gustaron. Yo no sé dibujar, no sé pintar, pero sí me imagino todas las historias”, relata.

 

Consciente del valor de su cultura, pero también de las desigualdades que afectaban a las mujeres dentro de ella, Glenyis encontró en la radio un espacio para reflexionar sobre lo positivo y lo por mejorar dentro de sus costumbres. Un taller de crónica impartido por Alexander Hernández la impulsó a escribir viajando hacia Cojoro, en la Alta Guajira, cruzando caños y comunidades.

 

 

 

“Cada caño tenía una historia. Y así fui redactando y redactando. Yo decía, me voy a sentar en la computadora. Y me sentaba y redactaba por lo menos una cuartilla de la comunidad que visite”.

 

Para Glenyis, cada anciano que muere representa una biblioteca que se apaga.

 

“Tal vez será porque yo vi a mi bisabuela morir y ella me contaba muchas historias, tal vez si yo hubiera tenido por lo menos un cassette, un micrófono para grabar todo lo bonito que ella me decía. Ella me contaba la historia de los búhos que se ponían sobre los cocales. Y era como para atemorizar a los niños que se portaban mal”, recuerda.
De su bisabuela heredó lecciones de vida fundamentales: madrugar para ser una persona de bien, trabajar incansablemente, no hacer daño a nadie, respetar a los ancianos y comprender que todo el bien que se hace se devuelve.

 

“Era una vieja bellísima, bellísima, bellísima la que me crió. Entonces pienso que por eso me gusta mucho escribir las historias”, añade.

 

Coberturas inéditas: el «pez gigante» en las costas de La Guajira

 

En el año 2000, cuando Glenyis daba sus primeros pasos en la radio y no existían las redes sociales, una llamada desesperada de los pescadores alertó a la estación:
“Necesitamos a la radio aquí, que venga la radio, porque acaba de aparecer un espíritu, un pez gigante apareció”.

 

En ese momento se encontraba en la emisora Carlos Alberto Figueroa, un capacitador salvadoreño que había llegado a Venezuela para quedarse. Al trasladarse al lugar, los pobladores advertían a la periodista que no se adentrara en el agua, pues los ancianos decían que la aparición de peces gigantes presagiaba calamidades. Desde el estudio, Figueroa le pedía a Glenyis que narrara minuciosamente lo que observaba. Se trataba de un ballenato juvenil que había perdido el rumbo y se estaba ahogando en la orilla.

 

“Obviamente yo no lo sabía. Incluso nadie lo sabía. Me dice Carlos Alberto, limítate a describir lo que estás viendo. No importa que no sepas lo que estás viendo, pero descríbelo”.

 

Los pescadores afirmaban que el animal emitía un llanto de mal augurio, cuando en realidad la ballena gemía al ahogarse. Días después, biólogos de la Universidad del Zulia explicaron que el espécimen, proveniente de aguas frías, había sufrido una desorientación que lo hizo varar en las costas zulianas.

 

Glenyis logró registrar el momento con una pequeña cámara analógica. Como no había otros corresponsales en la zona, el diario regional Mi Diario publicó la reseña atribuyéndole la fotografía con su nombre, en uno de los primeros reportajes de impacto gráfico de la zona.

 

Reconocer una debilidad para transformarla: el aprendizaje del wayuunaiki

 

Aunque nació en Maracaibo debido a una complicación médica de su madre durante el parto, Glenyis fue llevada desde su primer día de vida al sector La Punta, en La Guajira (llamado así por su cercanía a Paraguaipoa). Allí cursó la educación primaria en el Grupo Escolar Guajira y completó su bachillerato en el Liceo Orangel Abreu Semprún, en Los Filuos.

 

Pese a estar inmersa en su cultura, Glenyis comprendió tempranamente que no dominaba la fluidez del idioma wayuunaiki como otros compañeros.

 

“Yo conozco toda mi cultura, pero la fluidez del wayuunaiki la tiene más Mermin (uno de sus maestros). Y su esposa, Olimpia, otros compañeros de la radio, pero yo no. Entonces, cuando yo hacía una grabación, el profesor Ángel Arevalo me corregía, que era el director de Fe y Alegría Escuelas”, cuenta.

 


Tanto Mermis Fernández como Ángel Arévalo e Isidro Uriana —uno de los ancianos más respetados de la emisora— se dedicaron a orientarla en la gramática y pronunciación de su lengua materna.

 

“Creo que soy el producto de la ayuda, de la colaboración, del acompañamiento de muchas personas, tanto wayúu como alijunas. Por ejemplo, está el profesor Ángel Arevalo, Cidro Uriana, Mermin Fernández. Ellos me asesoraron en mi wayuunaiki”, expresó.

 

Fue Mermis Fernández quien decidió contratar a Glenyis mientras ella cursaba estudios universitarios, e Isidro Uriana el encargado de realizarle las evaluaciones orales en la emisora.

 

“Por ahí fue que empecé a agarrarle amor a la radio. Aparte que tenía una persona que me animaba demasiado, que era Mermin Fernández”, destaca.

 

Con el tiempo, la emisora no solo rescató la lengua materna a través de relatos tradicionales —como la leyenda del Cerro de la Teta y los tres hermanos—, sino que se convirtió en un medio informativo de alcance transfronterizo, escuchado con fuerza en territorio colombiano bajo el lema «La radio sin fronteras».

 

Asimismo, la emisora promovió la identidad wayúu en su propio territorio, donde tradicionalmente solo ingresaban las señales de cadenas colombianas como Caracol o RCN, logrando que los niños entonaran el himno nacional venezolano. La parrilla de programación combinaba equitativamente (50/50) la música y cultura wayúu con la música llanera y otros ritmos tradicionales del país.

 

«La emisora de Los Charros» y el rigor del lenguaje

 

En sus inicios, algunos oyentes calificaban irónicamente a la estación como «la emisora de Los Charros», refiriéndose a las imprecisiones de los locutores indígenas al hablar en español. Para superar esta barrera, Fe y Alegría conformó un equipo de asesores lingüistas y antropólogos —muchos de ellos estudiantes y egresados universitarios— que corregían la conjugación verbal y la pronunciación del personal.

 

“Nos corregía y ahí fuimos mejorando tanto”, recuerda Glenyis.

 

Este rigor permitió alcanzar logros trascendentales, como la producción de la primera radionovela wayúu y la creación de cartillas de alfabetización bilingüe respaldadas por 40 micros radiofónicos educativos.

 

“Llegó, esta cartilla de wayúu que iba acompañada de 40 micros radiofónicos que te enseñaban, te motivaban a no dejar tu idioma”.

 

Romper estigmas: la mujer wayúu frente al micrófono

 

“Yo ni me lo podía creer. Yo estaba los primeros días como que aprendiendo cosas, descubriendo cosas”, relata Glenyis sobre la emoción de su familia al escuchar su nombre en la radio con alcance nacional.

 

Sin embargo, el camino exigió vencer prejuicios culturales. Glenyis confiesa que hubo un tiempo que vivía con temor:

 

“Yo siempre pedía permiso, porque tenía que luchar con ese estigma donde la mujer wayuu solamente puede estar en la casa”, confiesa.

 

Sin embargo, ella siente que desde pequeña estaba destinada a romper patrones. En la tradición wayúu, las jóvenes que alcanzan la pubertad debían someterse a un encierro ritual y permanecer orientadas principalmente a las labores del hogar. Glenyis, para aquel momento, había decidido no someterse al encierro para no perderse las prácticas deportivas en el liceo.

 

En la radio, al cumplirse dos años de su salida al aire, decenas de jóvenes de La Guajira se acercaban manifestando su sueño de ser periodistas. A los ocho años de labor, Glenyis comenzó a tutorar a sus primeras pasantes universitarias.

 

“La mayoría eran mujeres, de Carrasquero e incluso de Maracaibo. Había muchachas que se venían… o sea, que vivían en Maracaibo, que eran wayúu. Entonces dijeron, no, nosotros no vamos a hacer pasantía en Maracaibo porque nos interesa más a nosotras como wayúu irnos a Paraguaipoa para aprender allá en una radio indígena”, recuerda Glenyis sobre las expresiones de sus primeras pasantes.

 

Durante las etapas fundacionales de la emisora, Glenyis recuerda que existían la coordinación y la sala de prensa, espacio donde se encontraba prácticamente dirigiéndose a sí misma al no haber otros periodistas en el equipo. Pese a ello, resalta que la radio se nutrió progresivamente mediante la creación de una red de voceros comunitarios.

 

Asimismo, relata que cuando el capacitador no estaba presente, solía comunicarse con Mónica, quien le brindaba ánimos constantes para impulsarla a continuar. Fue así como, aproximadamente hacia el año siguiente, comenzó a dominar con mayor soltura la dinámica del trabajo periodístico.

 

Narrar la desidia y defender los derechos humanos

 

La emisora se convirtió en el canal de denuncia de los problemas estructurales de La Guajira: la escasez de agua potable, la falta de centros de salud, el desempleo superior al 90 % y las dificultades de los estudiantes para trasladarse a sus colegios.

 

Al realizar coberturas en el campo, Glenyis aprendió que el periodismo indígena exige un profundo respeto a los protocolos comunitarios. No se podía abordar a un anciano imponiendo directamente una grabadora o un micrófono, pues se consideraba una falta de respeto mirar fijamente a los ojos o interrumpir la dinámica del hogar.

 

“Yo no puedo llegar a una comunidad simplemente poniendo el micrófono para la gente, era una falta de respeto. Además, si te brindan el almuerzo, tenías que quedarte, porque, ajá, vos no vas a comer y te vas a ir de una vez. Entonces, llegamos tan, ¿qué pasó? No, porque me brindaron el almuerzo, nos fuimos para la playa y entonces la gente empezó a sacar pescado y empezaron a cocinar. Yo tenía que esperar”, recuerda.

 

Frente a las demoras que implicaba la hospitalidad de la comunidad wayúu, Glenyis solía resolver la situación explicando a la coordinación que, aunque solo le hubieran solicitado un reporte sobre la comunidad, el tiempo compartido le había permitido regresar con cuatro entrevistas para desarrollar cuatro historias distintas.

 

Glenyis cuestiona la noción tradicional de neutralidad periodística cuando se trata de defender a las comunidades:

 

“Creo que nunca fui neutral. Siempre hablaba desde lo que la gente sentía”, asegura. Al principio, que una persona de la comunidad viera a diario a alguien con un chaleco que decía “prensa”, todos los días allí presente, era algo novedoso.

 

“Costó muchísimo que la gente te diera información. Pero ya después, al tiempo, más bien me llamaban y me decían, vamos a hablar, vení, mirá lo que está pasando aquí, decilo”.

 

Su trabajo trascendió las fronteras locales durante las crisis de desplazamiento forzado por el conflicto armado colombiano. En alianza con ACNUR, Glenyis participó en la elaboración de crónicas basadas en los casos atendidos por el Comité de Derechos Humanos, quienes tenían su espacio de trabajo también en la sede de la emisora.

 

“María Guadalupe González, que era la compañera de Radio Fe y Alegría Machiques, dijo vamos a participar en los premios regionales de periodismo Y ganamos el premio regional de periodismo”, recuerda con orgullo sobre los galardones regionales e internacionales obtenidos en Ecuador y Venezuela por estas producciones.

 

Un nuevo rumbo sin perder las raíces

 

Tras las severas inundaciones que afectaron a La Guajira en 2010 y dañaron su vivienda, Glenyis decidió radicarse en Maracaibo para emprender un proyecto familiar y cumplir su sueño de ser madre.

 

“Ya yo quería tener una bebé, Si Dios me lo confiaba, yo quería ser mamá”.

 

En la capital zuliana trabajó durante tres años como reportera en Radio Fe y Alegría Maracaibo, espacio al que llamaba cariñosamente su «casa alijuna». Allí adaptó su ritmo al dinamismo urbano e incursionó en el formato televisivo. “Hice una comparación y mis superpoderes estaban en la Guajira, a diferencia de Maracaibo, pero allí se hacía todo más rápido”, recuerda.

 

Para Glenyis, ver el corazón rojo de Fe y Alegría representa a su familia. Y de hecho, considera que aunque en la actualidad no esté en una nómina, se siente parte de Fe y Alegría, y que así será por siempre.

 

“En esa escuela me pude expresar, porque también Fe y Alegría me ayudó a visibilizar lo que estaba bien y lo que no estaba bien en mi cultura”.

 

 

 

Actualmente, Glenyis se dedica al comercio de bisutería en el centro de Maracaibo. Desde la atención al público sigue ejerciendo la escucha atenta de la vida cotidiana.
“Hay clientes que se ponen a contarte tu historia. Y hay cada historia detrás de esa vitrina, detrás de esa atención al público. Hay demasiadas historias. Y bueno, sigo en Maracaibo, y eso es lo que me da alegría”.

 

“Porque creo que la tristeza me mataría del otro lado, estar lejos de mi mamá. Por lo menos aquí yo sé que estoy cerca de mi mamá y aquí en La Guajira, o sea, cerca de mi tierra. No me podría ir de La Guajira”, considerando que una parte de su familia está fuera del país.

 

Durante momentos difíciles, como la pérdida de su padre durante la pandemia de COVID-19, encontró paz espiritual en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola aprendidos durante su trayectoria institucional.

 

“Fui recordando una de las tantas reuniones con el Padre Goyo. Una de ellas fue en Cojoro. Sin luz, con las estrellas que vos sentías que las podías tocar. Esa fue una experiencia bonita que te marca. Entonces, Fe y Alegría no solamente nos enseñó a redactar una noticia o a cómo decirlo. También Fe y Alegría te enseña a tener calma, a tener paz. Y a contagiar esa calma en medio de la angustia. Y como a veces la memoria nos falla”.

 

La semilla sembrada en una nueva generación

 

Hoy en día, la labor pionera de Glenyis continúa viva en comunicadoras como Sailyn Fernández, directora de la radio; y Eira González, coordinadora de radio y quien además, es prima de Glenyis.

 

Al reflexionar sobre la huella de la emisora, Glenyis destaca con orgullo cómo aquel esfuerzo pionero sigue dando frutos en el territorio. Para ella, saber que hoy existe una nueva generación al frente de los micrófonos —inspirada en el trabajo iniciado años atrás y con el deseo intacto de mantener viva la radio— constituye la prueba más clara de la trascendencia de la comunicación indigena.

 

“Pienso que, primero que para un comunicador indígena, hacer periodismo indígena no es lo mismo que estudiar, aprender cómo redactar una noticia. No es lo mismo, porque la esencia del periodismo indígena es hablar desde el alma, desde el corazón, desde lo más profundo, desde los sueños. Que no les dé pena contar tus sueños. Porque para los wayúu, eso es lo que nos rige, los sueños”, asegura.

 

Esa concepción de la labor comunicacional no solo reivindica la visión ancestral, sino también una profunda dimensión humana y de pertenencia. Consciente de los problemas y preocupaciones cotidianas que atraviesan las personas, Glenyis enfatiza la necesidad de construir un mundo con mayor amabilidad, reafirmando el inmenso orgullo que siente al formar parte de un pueblo originario.

 

“O sea, con que tú hagas lo que te gusta de corazón, ya eso te convierte en el mejor profesional. Pienso que eso fue lo que me ayudó a mí a ser Glenyis Sensial la persona que todavía un anciano o un anciano recuerda en alguna enramada de la Guajira. Y eso me llena de satisfacción”, concluyó.

 

29 de octubre de 2026

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