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Hoy bajamos a La Guaira

Comunicaciones Fe y Alegría Venezuela 

Un equipo de Fe y Alegría se acercó hasta la escuela Simón Bolívar, en Caraballeda. Con salvoconducto en mano, tomamos la autopista. A las ocho de la mañana, el tráfico era inusualmente escaso y el camino hasta la entrada del estado se nos hizo rápido.

 

Pero al cruzar Punta de Mulato, marcas del terremoto empezaron a aparecer. Casas dañadas, escombros, paredes caídas. Gente en la calle haciendo cola, rodeada de funcionarios policiales y militares. Al acercarnos a las playas de Macuto, el panorama se volvió más duro: edificios reducidos a escombros, tumbados como galletas en un efecto dominó de losas inmensas, carros destrozados uno tras otro. Personas asomadas entre el polvo, buscando familiares.

 

No era la versión filtrada de las redes sociales; era la realidad en vivo. Se sentía el polvo, el cansancio en los rostros y la desesperación de quienes se sentaban en las aceras.

 

Avanzamos sorteando escombros y apartándonos al escuchar las sirenas de las ambulancias… se oía un bullicio de rescatistas, militares, policías y civiles en una dinámica constante de búsqueda, esperanza y desolación.

 

Por fin llegamos a Caraballeda y al colegio. Al entrar, nos recibió Leonardo, el director, con una venda en el tobillo. El día del sismo estaba cerca de la playa y cuando salió corriendo a buscar a su familia, se lastimó el pie en el intento. Pero ahí está, de pie, atendiendo a su gente.

 

La escuela se había convertido en refugio. Allí pudimos ver a la familia de una profesora que perdió su casa: su padre mayor, su hija embarazada, sus nietos. Y así, muchas otras familias cercanas. Una pequeña población que hoy encuentra refugio entre estos muros. Y es que ni la tragedia logra apagar la bondad. Nos recibieron con cariño, nos ofrecieron un cafecito. Unos cocinaban mientras otros organizaban la ropa que había llegado en la madrugada.

 

Nos encontramos con un joven que perdió a su esposa y su suegro. Otro señor nos habló de las puertas trabadas, de la pared que cedió, del miedo, pero, sobre todo, del agradecimiento a Dios por seguir vivos.

 

Mientras el equipo de ingeniería inspeccionaba la infraestructura —fracturas en las paredes, tanques dañados, muros caídos— confirmamos que la estructura principal resistió. Sin embargo, al conversar con Leonardo, la conversación giró hacia los muchachos. Nos contó que once estudiantes de distintos grados no aparecen; lamentablemente, todo indica que perdieron la vida. También supimos que hay docentes que perdieron sus casas.

 

¿Y ahora qué? La reactivación de esta comunidad pasa por la recuperación de La Guaira… pero la vida de una comunidad educativa va más allá de las condiciones de la infraestructura: son los estudiantes que hay que atender, las familias que hay que abrazar y un equipo directivo y docente que necesita condiciones para seguir acompañando. Esta es la realidad concreta: estos maestros, en medio de la emergencia, no cuentan con ingresos ni con el apoyo de los representantes, porque ellos también lo perdieron todo. El reto es claro: tenemos que ser su apoyo.

 

Nos despedimos de Leonardo y su equipo, encomendándolos a Dios para que les dé fortaleza. Son encuentros dolorosos, sí, pero cargados de una profunda alegría al verlos vivos y al ver que el miedo no los venció.

 

Toca continuar, toca arremangarnos la camisa para seguir buscando, acompañando y sosteniendo esta bella obra de Dios.

 

Equipo de Fe y Alegría

Elizabeth Ramírez

Noelbis Aguilar

Yaika Weber

Julen Azpiritxaga

Luis Enrique

Goyo Terán

 

27 de junio del 2026 

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