“Estamos heridos de un ala, pero no nos vamos a detener”: La reconstrucción sismo-resistente de Fe y Alegría La Rinconada
“Estamos heridos de un ala, pero no nos vamos a detener”: La reconstrucción sismo-resistente de Fe y Alegría La Rinconada

Testimonio de Gioconda Laurens | Directora de la Escuela Técnica Fe y Alegría La Rinconada
Por Graciela de los Ángeles Portillo | Comunicaciones Fe y Alegría Venezuela
“En condiciones normales, mis profesores estuvieran corriendo de un lado hacia otro, atendiendo gente, otros redactando cosas. En estas condiciones que estamos, tenemos obreros en los pasillos”, nos cuenta la profesora Gioconda al recorrer el edificio de aulas de la institución, marcada tras el terremoto con una etiqueta roja que advierte: “no ocupar ni entrar”.
Esta escuela guarda una vulnerabilidad antigua: fue levantada antes del terremoto de 1967, en una época donde no existían las regulaciones antisísmicas actuales. Por ello, el objetivo urgente es convertirla en un espacio protector y sismo-resistente. La estrategia contempla intervenciones progresivas en vigas y columnas para blindar la estructura por completo.
Desde la planta baja hasta el último piso, las cuadrillas descubren los laterales de las columnas y perforan huecos en pisos y techos para interconectarlos. Cada nodo posee un código, un grosor y un molde de acero fabricado a la medida exacta para abrazarlo. Tras aplicar un líquido preparatorio de estricto tiempo de secado, se colocan y sueldan las planchas de acero para envolver la estructura. Finalmente, se inyecta un producto expansivo en la cavidad que debe curar antes de cerrar las paredes. Solo esta labor en las articulaciones de concreto puede tomar entre seis y once semanas por la precisión que exige.
Desde el doble terremoto del 24 de junio, los equipos trabajan de lunes a lunes, extendiéndose por noches y fines de semana, pues labores como el picado de estructuras o el vaciado de concreto no pueden interrumpirse. El proyecto enfrenta lluvias torrenciales que obligan a apagar taladros por seguridad y cortes eléctricos imprevistos. Pese al agotamiento físico, la meta se mantiene: entregar la escuela totalmente rehabilitada y pintada en noviembre.
“Yo me vine en la noche del terremoto”, recuerda la profesora Gioconda. Cerca de las 9:00 p. m., al intentar cruzar la puerta principal, halló la institución en penumbra, con los sistemas de emergencia apagados.
Al ingresar por un acceso secundario, constató la magnitud de los daños. “Esa noche no me puse el traje de superhéroe”, confiesa, aludiendo a un video realizado por sus docentes donde, mediante inteligencia artificial, la representan vestida de chef cuando alguien tiene hambre o de doctora cuando alguna se siente mal.
“Si algo llegase a pasar, me va a afectar porque no tengo el traje de superhéroe”, pensó en ese instante. Tras cerrar las puertas, se dirigió a los bancos del patio: “Me senté ahí en el patio a llorar”.
Mientras se disponía a regresar a su casa, los vecinos del edificio del frente la reconocieron entre la oscuridad y comenzaron a gritar: “¡La directora!”. Familias enteras buscaban un espacio seguro ante las réplicas que continuaban sucediéndose.
“Yo dije, cálmense. Vamos a organizarnos”, les indicó. Solicitó a los hombres subir por mantas y colchones, mientras ingresaba a mujeres y niños al campo deportivo de la escuela. La institución albergó esa noche a 26 familias de entre 4 y 5 integrantes cada una. “Yo les abrí un baño, les saqué una manguera para que ellos tuvieran agua y les abrí un baño”, detalló.
Tras dar refugio a la comunidad, Gioconda se retiró a descansar: “No podía conciliar el sueño por las réplicas y pensando ¿Qué hago con la escuela? ¿Qué hago? ¿Qué hago? O sea, lloré muchísimo y decía ¡Dios mío!, esto se está destruyendo como yo levanto esa escuela otra vez”.
En medio de la angustia, invocó el recuerdo de su madre, fallecida hace un poco más de un año y con quien vivió toda su vida: “Y yo le decía a mamá o sea, ilumíname, Dios mío. O sea, yo decía algo tiene que pasar. Porque conociendo a mi mamá, como la conozco, esa debió estar agarrada de la túnica de Jesucristo diciendo «Mira, allá va la mía”.
Al amanecer, Gioconda regresó al plantel. Tras despedir a los vecinos que retornaban a sus hogares, inspeccionó el edificio de aulas con mayor detenimiento y contactó a sus hermanos ingenieros. Por prevención, cerró las llaves de agua y gas, bajó los breques eléctricos y descargó las pocetas para aliviar el peso de los dos enormes tanques ubicados en la azotea, cuyo volumen se asemeja al de un salón de clases.
Poco después, acudió a una ferretería cercana:
—“Usted es la directora de La Rinconada”— la reconoció el encargado.
—“Sí, yo soy la directora de La Rinconada. Y necesito ayuda”— le respondió Gioconda.
—“¿Qué quiere?”
—“Necesito puntales”.
—“¿Cuántos necesitas?”
—“Todo lo que me pueda dar”.
—“Todo el mundo estaba haciendo lo mismo porque todo el mundo salió a tratar de proteger sus casas. Solo me quedan 24”.
—“Démelos pero yo no tengo para pagárselos”.
El encargado se quedó observándola y contestó: “Ok yo he oído de usted. Yo se los voy a mandar”. Gioconda le insistió: “Pero yo no te los puedo pagar ahorita. Y necesito que me los manden… Y necesito que me prestes a dos de esos muchachos para que los pongan”.
—“Ok. Está bien, váyase y los muchachos van para allá”— concluyó el comerciante.
Cuarenta minutos después, el equipo llegó a apuntalar las columnas del edificio. “Todavía se los debo porque todavía están allá abajo y siempre paso por allá y le digo Estoy pendiente”, relata la directora. El encargado responde con serenidad: “Tranquila que después nosotros nos cuadramos”. Para Gioconda, “ese gesto generoso de él nos ayudó a salvar la escuela”.
Paralelamente, observó un detalle conmovedor: ninguna de las figuras de la Virgen ubicadas en los salones se había caído, pese a no estar fijadas a las paredes.
En medio de la incertidumbre, Gioconda escribió un mensaje al grupo de WhatsApp de egresados: “Necesito ayuda”. Bastaron esas dos palabras para desatar una ola de respuestas de exalumnos identificándose con su nombre. Pidió ingenieros y 23 respondieron al llamado: “Muchos de ellos estaban en Caracas y algunos subieron hasta de La Guaira y subieron 17 ingenieros, todos exalumnos y me dijeron jefa aquí estamos ¿Qué pasa?”.
Al culminar la evaluación preliminar, los profesionales sugirieron convocar a un patólogo estructuralista. Entre los nombres surgió el de David Chaparro, también egresado del plantel: “Yo les dije, ¿dónde está David? David está en Venezuela. Escríbele que cuando tú la escribas, ese te va a responder inmediatamente. Efectivamente, le escribí, hola David, ¿cómo estás? Soy yo, Gioconda Laurens, te necesito”.
En 35 minutos, David respondió: “Jefa, ¿cómo estás? ¿Qué pasa?”. Gioconda le dijo: “La escuela te está necesitando”. “Dame 25 minutos y estoy allá”, contestó.
Al inspeccionar los daños, Chaparro transmitió calma: “Esto se repara, jefa. Quédate tranquila. Es mucho dinero pero esto se repara”. Pronto enviaron camiones con sensores especializados que hicieron vibrar las columnas para diagnosticar mediante software los daños no visibles. Ante la consulta de si había que demoler, el diagnóstico fue tajante: “Eso se repara”.
Con esa certeza, Gioconda llamó a Noelbis Aguilar, directora nacional del programa Escuelas de Fe y Alegría: “Noelbis, necesito hablar contigo… Noelbis, necesito ayuda. Porque esta escuela se nos va a caer. Y esta es una de las escuelas emblemáticas”.
“Mañana mismo te estoy mandando a alguien”, respondió Aguilar. La estimación inicial para la reparación oscilaba entre los 200.00 y 350.000 dólares, contemplando el refuerzo integral del plantel: “Es pensar en el futuro. Sismo resistente esta escuela. Porque ya sabemos que puede temblar en cualquier momento”, puntualiza la directora.
La amplificación mediática del caso atrajo la solidaridad de la Fundación Empresas Polar, la Asociación Bancaria de Venezuela y exalumnos residenciados en Europa, Chile, EE.UU y Asia.
En un esfuerzo conjunto por defender el derecho a la educación y responder a los daños de infraestructura causados por los sismos, con el respaldo de la Fundación Empresas Polar se firmó un acuerdo de trabajo destinado a la rehabilitación integral de tres planteles educativos en Caracas, entre ellos la Escuela Técnica La Rinconada. La iniciativa ofrecerá el retorno a aulas seguras y dignas.
Por su parte, Pedro Pacheco, presidente de la Asociación Bancaria, acudió a la institución a ofrecer respaldo.
—“Vengo a ayudar, ¿qué necesitas?”— preguntó Pacheco.
—“Necesito de todo, pero lo primero es agua, sin agua no existe escuela. Ayúdame con el sistema de tanques y de bombeo para las aguas”— solicitó Gioconda.
La organización asumió la ejecución del proyecto hídrico. Simultáneamente, bajo la orientación técnica de Chaparro, se derribaron paredes y cerámicas comprometidas para aliviar el peso del edificio. Durante el proceso, representantes de Fundación Empresas Polar como Daniela Egui se mostraron profundamente conmovidos por el compromiso del equipo docente, que atendía a la comunidad aun sin servicios básicos.
Ante la propuesta inicial de trasladar temporalmente a los estudiantes a la Escuela Fe y Alegría Las Mayas, Gioconda se negó firmemente: “Mira, si la gente no me ve en la escuela, la gente no va a confiar en nosotros. La gente tiene que verme”. Noelbis Aguilar respaldó su determinación.
La respuesta de la comunidad fue inmediata. Lejos de retirarse, los representantes acudían a respaldarla: “Mire profe, yo no me voy a ir, ¿oyó? Yo necesito inscribir a mi muchacho aquí. Yo sigo aquí. Bueno, profe, mira, si necesitas echar pala, me dice”.
Lejos de reducirse, la matrícula de la escuela incrementó de 1.285 a más de 1.380 estudiantes, con proyección a alcanzar los 1.500 alumnos.
«Así como el de la ferretería me dijo ‘dale, que después vemos’, yo le digo a los muchachos y a los representantes: ‘Inscríbase, después vemos’”, comenta sobre las facilidades otorgadas a las familias vulnerables.
Actualmente, los alumnos de 1.º a 3.º año son atendidos provisionalmente en la sede de la Escuela Fe y Alegría Las Mayas, mientras que 4.º y 5.º año ocupan espacios habilitados en áreas seguras como la biblioteca y el salón múltiple.
“Los chamos tienen que ver su escuela… Los papás están con nosotros, no podemos defraudarlos”, dice Gioconda.
El amor por la enseñanza germinó en Gioconda entre los siete y los nueve años, cuando leía las obras clásicas de la literatura que su padre traía de la biblioteca de las empresas petroleras donde trabajaba.
Gioconda actualmente dirige la escuela, donde cursó todo su bachillerato. Tras egresar e ingresar al Instituto Pedagógico, el entonces director del plantel, el profesor Gallardo, la convocó como docente. Al ser menor de edad, comenzó como suplente con el apoyo de su antigua profesora, Dilcia Millán, quien cobraba los honorarios a su nombre. Así inició una trayectoria ininterrumpida que suma 39 años de servicio.
Graduada en Química, impartió diversas asignaturas científicas. En el año 2000, bajo la gestión de la profesora Betty Vázquez, participó en la transición de la institución hacia Escuela Técnica, ejerciendo coordinaciones pedagógicas, de evaluación y la subdirección, hasta asumir la dirección en 2019. Durante la pandemia de COVID-19 en 2020, lideró al equipo que mantuvo operativa la atención escolar.
Hoy, la escuela cuenta con herramientas digitales como control de asistencia y calificaciones en tiempo real vía móvil: “Aquí no hay un representante que no se entere de lo que está pasando con su hijo. Los profesores pasan la asistencia por el teléfono y de una vez le llega la notificación al papá”, agrega Gioconda. Asimismo, emplean software 3D interactivo para especialidades de Electrónica y Contabilidad. Egresados del plantel ingresan a la UCV y destacan en sectores bancarios y tecnológicos, al tiempo que los alumnos desarrollan proyectos de apoyo técnico en comunidades vulnerables.
«Cuando un niño de aquí me dice: ‘Profe, yo quiero optar por esta beca’ o ‘quiero aprender esto’, ya se lo quitamos al barrio. Para mí la escuela es el centro de salvación de muchos de esos niños… Esta es mi casa. Es un refugio de seguridad, de paz y de tranquilidad», reflexiona la directora, cuyos tatuajes —la firma de su madre, la Virgen María y la frase «Dios conmigo”, escrito en sánscrito— resumen su motor vital.
«Nosotros estamos heridos de un ala, pero no nos vamos a detener y no estamos detenidos. La Rinconada va a levantarse y va a seguir sacando los futuros profesionales que construyen este país”, asegura con esa firmeza que la caracteriza y la fe puesta en Dios.
30 de septiembre de 2026
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