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“Hay que aprovechar todo lo que tenemos”

Testimonio de Katiuska Aquino | Coordinadora Pedagógica de la Escuela Fe y Alegría Luisa Amalia Vegas de Vegas

Escrito por Gilmary Torrealba | Referente de Comunicaciones de la Escuela Fe y Alegría Santa Elena

Con un nuevo año escolar en marcha, Katiuska reconoce el cansancio que dejaron los días posteriores al doble terremoto. Al mismo tiempo, el paso del tiempo le ha permitido tener una mirada distinta sobre la vida y el trabajo. El hecho de abrazar a un niño, compartir con los compañeros, mantener la escuela abierta y realizar el trabajo diario adquiere otro valor cuando se comprende que nada está garantizado.

 

Las circunstancias pueden cambiar de un momento a otro y aquello que parece cotidiano se vuelve extraordinario: “Hay que aprovechar todo lo que tenemos hasta que Dios nos lo permita”.

 

La emergencia ocasionada por lo ocurrido el 24 de junio, cuando quedaban pocas semanas para terminar el año escolar 2025-2026, provocó que los proyectos de cierre y las actividades de promoción tuvieran que quedar en segundo plano ante una comunidad que necesitaba ayuda.

 

En medio de esa realidad, “la maestra Katy”, como le decimos por cariño, descubrió que la labor de una docente puede extenderse mucho más allá de las aulas: puede estar en una donación, en una comida preparada para una familia, en la escucha de una madre o en el abrazo a quien acaba de perder su casa.

 

El día del doble terremoto, la maestra Katy recuerda que eran las 6:20 de la tarde cuando recibió un mensaje de su directora preguntando “¿Cómo están todos?” a través de un grupo de WhatsApp en el que están todos los docentes de la escuela. Este mensaje llegó en medio de la incertidumbre generada por el temblor y cuando las comunicaciones eran intermitentes.

 

Aunque parecía una pregunta sencilla, saber cómo estaba el otro se volvió una necesidad en ese momento, cuando apenas se empezaba a comprender la dimensión del desastre ocurrido: edificios caídos, viviendas derrumbadas, personas desaparecidas y personas muy cercanas que perdieron la vida. Esto empezó a marcar el camino de lo que vendría en los días siguientes y hasta ahora.

 

El Junquito, una tradicional parroquia y pueblo de montaña ubicado en el extremo noroeste de Caracas, se reconoce por su brisa fresca, el aroma a fresas con crema y, por encima de todo, por esa gente recia que trabaja la agricultura entre las montañas y cuya solidaridad parece tan firme como los propios cerros. Allí, en El Junquito, queda ubicada la escuela de Fe y Alegría.

 

Así lo demostró “la maestra Kati”, junto a un equipo de docentes que, mientras intentaban procesar lo ocurrido, decidieron acompañar a las familias afectadas.

 

“Desde ese día, pues nunca más me fui”

 

Dos días después del doble terremoto, la maestra Katty subió a la escuela con la directora.

 

— “Profe, yo voy a subir”, recuerda haberle dicho.

 

Pensaba que sería una visita para conocer la situación, acompañar a algunas familias y regresar. Pero no fue así.

 

“Desde ese día, pues nunca más me fui”, recordó.

 

Para entonces, 18 familias vinculadas a Fe y Alegría habían sufrido afectaciones graves: algunas perdieron sus viviendas y otras tuvieron que abandonarlas ante el riesgo que representaban las estructuras dañadas. A partir de ese momento, la escuela comenzó a convertirse en un punto de encuentro para quienes necesitaban ayuda y para quienes llegaban dispuestos a ofrecerla.

 

Las primeras donaciones llegaron de manera espontánea.

 

“Desde el día 26 de junio la gente empezó a llegar sola, solita, con donaciones”, recuerda la maestra Katy.

 

Desde la comunidad, familiares, amigos y miembros de Fe y Alegría comenzaron a movilizar alimentos, ropa, agua y otros insumos. Una de las primeras en hacerlo fue la profesora Jennifer Pernía, quien se organizó con sus familiares para preparar arepas y llevarlas a las zonas afectadas.

 

“Kati, voy con mis primos, con arepas”, le dijo antes de llegar. Pronto se sumaron muchos más con una cantidad importante de donaciones “impresionantes”. Mientras unos preparaban y trasladaban alimentos, las maestras recibían, organizaban y distribuían lo que llegaba de acuerdo con las necesidades de cada familia. Algunas ayudas incluso venían identificadas con nombres y apellidos.

 

Pero la respuesta no se limitó a los alimentos, la ropa o los artículos de primera necesidad.

 

Juntos en la alegría y en el dolor

A la escuela las familias llegaban con el corazón roto por las pérdidas de amigos, familiares y bienes materiales, y cargadas de miedo ante lo desconocido. La maestra Katy cuenta cómo varios representantes rompían en llanto mientras contaban cómo habían logrado salir de sus casas o dónde estaban viviendo tras perderlo todo.

 

“Los niños también mostraban las marcas de lo ocurrido. Algunos comenzaron a mojar la cama, otros no querían caminar solos y muchos llegaban agarraditos de sus padres con mucho miedo”, recuerda Katiuska.

 

Frente a este contexto, se generó un espacio para que los niños y niñas pudieran recuperarse del dolor y del miedo a sentirse vulnerables tras el temblor.

 

Durante esos días se realizaron actividades recreativas y se brindó apoyo de primeros auxilios psicológicos. La maestra Katy recuerda que aquellas experiencias dejaron una huella en los estudiantes: incluso después de lo ocurrido, algunos todavía hablaban de ellas y las recordaban como momentos que les ayudaron a sobrellevar el miedo.

 

Sanar en colectivo

Al comenzar a llamar a las nueve maestras que tenía bajo su coordinación para saber cómo estaban, comprendió que ellas también necesitaban hablar. “Profe, fue horrible”, recuerda haber escuchado. La pregunta por su bienestar terminaba abriendo conversaciones sobre el miedo, la incertidumbre y todo aquello que habían vivido.

 

Entre tantas historias, hubo una que la marcó especialmente: la de un padre que llegó después de perder su casa y contó cómo había logrado escapar junto a sus hijas. Mientras hablaba, lloraba. Katiuska lo abrazó y le dijo: “Todo va a estar bien, Dios está con usted”. Después se apartó para llorar a solas; no quería que él la viera quebrarse cuando sentía que debía sostenerlo.

 

También guarda en la memoria el rostro de un alumno. Era un muchacho que antes llenaba los pasillos de bromas y risas, pero que, después del sismo, llegó acompañado por sus padres tras perder prácticamente todo. “Ver ese cambio emocional me impactó mucho”, confiesa. Aquella escena le mostró que las consecuencias del terremoto iban mucho más allá de los daños materiales. Había familias que necesitaban alimentos y ropa, pero también niños que necesitaban recuperar la sensación de seguridad y adultos que necesitaban ser escuchados.

 

Frente a un nuevo año escolar 2026-2027, con todo lo vivido todavía presente, la maestra Katy mira hacia adelante por sus chamos y chamas, quienes son el reflejo diario de sus anhelos, sueños y esperanzas en la reconstrucción de un país donde sus estudiantes, con las oportunidades adecuadas, podrán salir adelante.

 

“Tengo esperanza de que hagamos las cosas bien”, dijo sin dudar.

29 de septiembre de 2026

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