Antonio Pérez Esclarín
Centro de Formación e Investigación P. Joaquín| Fe y Alegría en Venezuela
Con motivo de celebrase este 10 de Diciembre un aniversario más de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, queremos insistir en la necesidad de garantizar a todos y todas el derecho a una educación de calidad, Como ya lo entendió el P. José María Vélaz, el fundador de Fe y Alegría, la educación es un derecho humano y social del que todos deben disfrutar en igualdad de condiciones, pues el cumplimiento de este derecho va a posibilitar la conquista y el disfrute de otros derechos esenciales. En consecuencia, el derecho a la educación implica derecho de todos y de todas no a cualquier educación, sino a una educación integral de calidad. Una pobre educación para los pobres reproduce la pobreza, y en vez de contribuir a democratizar la sociedad, agudiza las diferencias y agiganta las desigualdades. De ahí el clamor persistente de Fe y Alegría “la educación de los pobres no puede ser una pobre educación”, o “Buscamos la mejor educación para los que están en condición peor”. La captación vivencial de esta realidad fue la chispa que encendió la llama de Fe y Alegría. Y será siempre la chispa que encienda la llama de todas las demás iniciativas y esfuerzos que viene haciendo Fe y Alegría, a lo largo de sus 68 años y en los 22 países donde se ha enraizado, porque entiende que la educación no sólo promueve la productividad y el progreso económico, sino que es también un medio esencial para construir ciudadanía y una mejor humanidad.
Hoy nadie discute que el desarrollo humano, social, económico e incluso espiritual, pasa por la educación. No es el único elemento, pero sí una condición indispensable. Descuidar la educación es apostar por la improductividad, el subdesarrollo y la pobreza Por eso, en Fe y Alegría, a pesar de las dificultades y del heroísmo que en algunos países supone continuar educando, seguimos trabajando por una educación popular de calidad. La educación popular no tiene que ver sólo con el sujeto de la educación, que son los más vulnerables, sino también con los contenidos, que parten de su cultura y sus necesidades; con su objetivo, que es construir una sociedad justa, sin marginación y exclusión; y con una metodología que busca crear mecanismos de diálogo y participación democrática.
Si la educación de calidad es un derecho fundamental es también un deber individual y social. Una mejor educación para un mejor país y para un mundo mejor, requiere de la cooperación de todos: del Estado, como administrador de la cosa pública y representante de la sociedad; de las familias y comunidades; de las instituciones públicas no gubernamentales de servicio al desarrollo; de la empresa privada; de los medios de comunicación y de la comunidad internacional. Cuando hoy hablamos de sociedad, nos referimos a una sociedad globalizada. Y así como la paz, las migraciones y la protección del medio ambiente los consideramos hoy tareas globales, también la educación tiene que convertirse en una responsabilidad compartida por todas las sociedades. Ese es el sentido de la invitación del Papa Francisco a que nos sumemos al Pacto Global por la Educación. Aceptarlo supone asumir los retos que nos plantean las nuevas tecnologías, las exigencias de equidad en la educación, la visión de una educación a lo largo y ancho de la vida, la integración del diálogo de saberes y de culturas, la construcción de nueva ciudadanía. Y es necesario que este esfuerzo por la calidad esté ligado a la voluntad política por la equidad.
Pensar la mejora de la educación sin los educadores es una ilusión. Todos los estudios indican que en ellos reside la clave de la calidad de la educación. Cuando la profesión docente se hace atractiva y los mejores estudiantes se inscriben en ella, cuando son reconocidos y remunerados adecuadamente, la calidad de la educación sube. Junto a la debida valoración y remuneración, hay que crear una nueva cultura educativa en los docentes que cultive la dignidad de su profesión y la motivación de su vocación a construir la sociedad del futuro. Los educadores deben concebirse no como meros dadores de clases o impartidores de conocimientos, sino como los constructores de una nueva humanidad. Educar es humanizar, es formar personas plenas y ciudadanos productivos, honestos, y solidarios.
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