
María Mullen
Comunicación | Fe y Alegría en Argentina
En el día del Síndrome de Down, compartimos la historia de una alumna de Fe y Alegría en Argentina. Con 12 años, está por terminar su nivel primario. Quienes la rodean aprenden y se enriquecen con su presencia.
Marilú tiene 12 años, vive en Taco Pozo, Chaco, una zona rural y alejada en el norte argentino, y donde en esta temporada las altas temperaturas a veces impiden que se dicte clases. Marilú es una chica a la que le encanta bailar, dibujar, celebrar su cumpleaños, jugar con su hermano y su perro Toby. A su mamá Andrea se le ilumina el rostro y agranda la sonrisa cuando tiene que hablar de ella. Marilú tiene muchas amigas y amigos que la quieren tal como es. Tiene Síndrome de Down y eso no fue un impedimento para que la comunidad educativa de Fe y Alegría Taco Pozo – que acaba de cumplir 25 años- le abriera sus puertas, primero en nivel inicial, y luego de un año en otra escuela especial, nuevamente en segundo grado.
Fue la primera estudiante con Síndrome de Down en nuestros centros, y la de mayor trayectoria hasta el momento. Su presencia en la escuela es transformadora y profundamente educadora, capaz de desafiar todos los modelos “tradicionales” para adaptarlos a su forma diferente de estar y de ser; de prestar atención, de mirar el mundo, de vivir los vínculos, de aprender. En 2020 un video la muestra rindiendo homenaje a la bandera nacional con una canción interpretada en lengua de señas, y obtuvo 45mil visualizaciones y numerosos elogios.
Con motivo del 21 de marzo, día de las personas con Síndrome de Down, quisimos conocer más su historia para compartir el valor de la presencia de personas como ella en una comunidad educativa. No se trata solamente de garantizar su derecho a la educación, se trata de dar la bienvenida a lo diferente, capaz de enriquecer verdaderamente a la comunidad, “haciéndonos más humanos” como expresó su maestro Julián.
Marilú fue invitada especialmente a ser protagonista de un reportaje en modalidad virtual desde su escuela. Lo hizo junto a compañeras como Abigaíl, Leila, Ludmila, Luján y tantas otras, además de su mamá y su maestro. Como a ella le cuesta un poco ser entendida oralmente, la fueron ayudando. Está contenta y a la expectativa en este último año de primario.
Una amiga fiel
Lo primero que recalcan las amigas de Marilú es que es muy buena y amigable, tranquila y paciente. “Le gusta compartir y nunca te pelea ni te va a mentir -cuenta Ludmila-. Es una amiga que te va a escuchar, tiene un corazón grande para querer a mucha gente”.
Mientras Marilú apoya cariñosamente su cabeza sobre el hombro de Abigaíl, ella relata que en los recreos a Marilú le gusta jugar, regar la huerta y dibujar. “¡Es muy buena ordenando! -agrega Lujan-. Le gusta tener bien ordenados los lápices en la cartuchera por colores, ¡a veces le pido que lo haga con la mía! También le gusta compartir; una vez me pidió que le compre algo y cuando le traje me dijo ‘tomá para vos también’. Cada vez que tiene algo, te ofrece. Ella es paciente y cumple con sus tareas. Su fiesta de cumpleaños en noviembre la hizo aquí en la escuela y vinimos todos. Fue una fiesta lindísima”.
“Maravillosa experiencia”
Su maestro Julián afirma que el grado es un grupo especialmente unido, como pocos. “Seguramente la presencia de Marilú tenga que ver con esto. Marilú les da la oportunidad de vivir una amistad diferente; de ser serviciales, de estar pendientes de ella para cuidarla y de alguna manera ser más empáticos y entender que hay distintas formas de vivir; que la velocidad y la capacidad de resolver, no es lo principal ni es todo en la vida. Las expectativas que uno puede tener sobre otra persona, no tienen porqué ser sus mismas expectativas; no hay un solo molde para vivir”.
Como maestro, Julián veía cómo Marilú iba avanzando en el nivel primario y tenía cierto temor de cómo sería cuando a él le tocara ser su maestro. Le llegó la oportunidad el año pasado, y fue su primer maestro varón.
“Yo soy de otra generación; soy exigente…y lo soy porque confío en las capacidades de mis alumnos; trato de que saquen lo mejor de sí. Cuando llegó Marilú a mi grado, confieso que fue un gran desafío, no sabía cómo iba a hacer. Investigué, leí mucho y fui dándome tiempo para conocerla, conocer sus tiempos de atención, sus intereses… y sobre todo, me di cuenta que lo más importante era trabajar el vínculo y trabajar con sus fortalezas. Al principio fue duro. Uno viene con una planificación y a veces no sirve de nada. Hay que cambiar todo. Ser abierto, superar las barreras y modelos preestablecidos. La experiencia fue muy buena, realmente. Una experiencia maravillosa. No se cómo explicarlo. Me emociona. Lo afectivo va por sobre lo intelectual. Con el afecto mutuo como punto de partida, vamos avanzando. Hoy puedo decir que soy un mejor docente gracias a ella. Uno trae un molde que con ellos cambia totalmente, con ellos uno empieza a buscarle explicaciones a muchas cosas. Es un aprendizaje permanente. Como docentes vamos adaptándonos y superándonos”.
En sus casi 29 años como maestro, si Julián tuviera que elegir entre el “antes” o “después” de Marilú, “¡sin duda elegiría esta experiencia!”
Todavía hay centros educativos que cierran sus puertas a las personas con síndrome de down y otras personas con capacidades diferentes. Julián no duda en afirmar que la presencia de Marilú enriquece a todo el centro educativo, más allá del grado.


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