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“Nadie puede cambiar el mundo en solitario. La misión no consiste en hacer algo por las personas, sino en trabajar con ellas”

inigoway.com


YOGYAKARTA – La misión educativa no comienza con la construcción de edificios escolares ni con instalaciones impresionantes. La verdadera misión comienza construyendo relaciones, generando confianza y caminando junto a las comunidades. Este fue el mensaje central de Pilar López-Dafonte Suanzes, que integra el equipo de internacionalización de Fe y Alegría Internacional, durante el 11º Congreso Mundial de la Unión de Antiguos Alumnos Jesuitas (WUJA), en Yogyakarta.

 

Al dirigirse a antiguos alumnos jesuitas de todo el mundo, Pilar optó por no comenzar explicando la historia o la estructura organizativa de Fe y Alegría. En cambio, abrió su reflexión con una pregunta sencilla pero profunda:

“¿Qué motiva a alguien a pasar horas cada día enseñando sentado sobre nada más que una simple estera?”, preguntó a los delegados.


A través de esa pregunta, Pilar compartió historias de casi cuatro años acompañando la misión educativa de Fe y Alegría en Asia. Reconoció que llegó a Camboya pensando que contribuiría al desarrollo educativo. En cambio, la experiencia transformó su propia mirada: “Asia me ha enseñado mucho más de lo que yo jamás he podido dar”, afirmó.


Durante su servicio, Pilar visitó escuelas y centros de aprendizaje en Camboya, Nepal, Filipinas, Indonesia (a través de la Fundación Kanisius), Laos y Vietnam. En cada lugar encontró docentes, jóvenes y comunidades locales que demostraban que la educación es mucho más que instrucción en el aula: es un movimiento de esperanza que transforma vidas.

Camboya: la lección de la confianza

 

Una historia que le dejó una huella profunda fue la de Lada, una joven camboyana que había sido estudiante en un centro de aprendizaje de Fe y Alegría antes de regresar como docente.

 

Cada tarde, Lada conducía un pequeño tuk-tuk hasta aldeas remotas cerca de la frontera con Tailandia. El vehículo transportaba algo más que a una maestra: funcionaba como una biblioteca móvil, con libros para niños y niñas que muchas veces pasaban el día solos porque sus padres trabajaban lejos o porque los criaban sus abuelos.

 

En lugar de esperar a que los niños llegaran al centro, Lada llevaba la educación hasta ellos. En patios de las aldeas, campos abiertos o bajo la sombra de los árboles, extendía una simple estera, abría su caja de libros y convertía tardes ordinarias en oportunidades de lectura, aprendizaje y juego.

 

Para Pilar, la historia de Lada nunca fue sólo sobre la dedicación de una maestra excepcional. Lo que más le impresionó fue la red de personas que sostenía esa misión: familias, otros educadores, jóvenes voluntarios, comunidades locales y todo el equipo de Fe y Alegría. Ahí aprendió que nadie lleva a cabo una misión en solitario.

Nepal: la lección de la comunidad

 

Su segunda lección llegó desde Nepal. Junto a la Coordinación General de Fe y Alegría Internacional y compañeros jesuitas, viajó cinco horas por caminos de montaña hasta Pantan, una comunidad remota del Himalaya atendida por una sola escuela secundaria pública.

 

Allí conoció el inspirador lema de Fe y Alegría Nepal: “Llegar a quienes nadie alcanza”. Sin embargo, según Pilar, el viaje le enseñó que el mayor desafío no era simplemente llegar a lugares remotos, sino comprender cómo se llega y se acompaña a quienes viven allí.

 

Durante conversaciones con docentes, estudiantes y líderes comunitarios, nadie se centraba en los edificios escolares. En cambio, hablaban de vidas transformadas. De esas conversaciones comprendió que llegar a quienes nadie alcanza no se trata solo de superar la distancia geográfica: se trata de llegar con humildad, escuchar profundamente y ayudar a las comunidades a descubrir sus propias fortalezas.

Filipinas: la lección de la solidaridad

 

La tercera lección llegó desde Culión, en Palawan (Filipinas), donde el tifón Yolanda devastó comunidades enteras en 2013. Trabajando junto a autoridades locales, organizaciones aliadas y residentes, Fe y Alegría participó en la reconstrucción de una ecoaldea ambientalmente sostenible.

 

Pilar subrayó que el éxito del proyecto no vino solo de la ayuda externa, sino de personas reconstruyendo juntas sus propias vidas. Citando al padre Pat Falguera, SJ, señaló que sin reconstruir comunidad, las viviendas recién construidas jamás podrían generar una transformación duradera.

 

La solidaridad, explicó, solo crece donde las relaciones se han cultivado pacientemente durante años, donde las personas se conocen, confían unas en otras y construyen redes sólidas de apoyo mutuo.

Tres aprendizajes, una misma misión

 

Al reflexionar sobre estas experiencias, Pilar resumió tres aprendizajes esenciales de su trabajo en Asia: Lada, en Camboya, le enseñó el significado de la confianza. La comunidad de Pantan, en Nepal, le reveló la importancia de la comunidad. La reconstrucción de Culión, en Filipinas, demostró el poder de la solidaridad.

 

“Nadie puede cambiar el mundo en solitario. La misión no consiste en hacer algo por las personas, sino en trabajar con ellas”, enfatizó.

Pilar explicó que Fe y Alegría es mucho más que una red educativa jesuita o una organización no gubernamental. Fundado hace 71 años en Venezuela por el P. José María Vélaz, el movimiento existe para trabajar junto a las comunidades locales, de modo que la niñez más vulnerable pueda recibir una educación de calidad.

 

Conectando su reflexión con el tema del Congreso de la WUJA, Pilar dijo que, al estudiar la historia y la misión del movimiento mundial de antiguos alumnos jesuitas, encontró repetidamente tres palabras: valores compartidos, testimonio y compromiso.

 

En su visión, tanto Fe y Alegría como la WUJA enfrentan el mismo desafío: ir más allá de simplemente compartir valores, hacia compartir una misión común.

 

No todos, dijo, están llamados a convertirse en otra Lada. Pero cada persona puede contribuir según su propia vocación: acompañando a jóvenes, creando oportunidades desde su trabajo profesional, conectando universidades con comunidades locales, o compartiendo su conocimiento y experiencia.

 

“No son formas distintas de ayudar”, dijo. “Son formas distintas de participar en la misma misión”.

 

Al concluir su presentación, Pilar invitó a los antiguos alumnos jesuitas a reflexionar sobre una pregunta simple pero profunda: “¿Con quién vas a caminar?”

 

Concluyó que los encuentros tienen el poder de transformar a las personas. Pero cuando esos encuentros se convierten en comunidades marcadas por la solidaridad y el compromiso compartido, comienzan a transformar la historia misma.

Nota original en inglés publicada en Indigo Way

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