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“Nadie puede cambiar el mundo en solitario. La misión no consiste en hacer algo por las personas, sino en trabajar con ellas”

Lisseth Inga, Patricio Lobo y Kiweny Rosado I Iniciativa federativa de Juventudes


Cada 12 de agosto, el Día Internacional de las Juventudes invita a reconocer el papel de las personas jóvenes en la construcción de sociedades más justas, inclusivas y sostenibles. Para la Red Generación 21+ de Fe y Alegría, esta conmemoración es también una oportunidad para reafirmar que las juventudes no son espectadoras de la realidad, sino protagonistas de su transformación. En este marco, jóvenes de quince países se unen en una misma IndignAcción para defender el derecho al aprendizaje y demostrar que, cuando la indignación se organiza, puede convertirse en participación, liderazgo y acción colectiva. 

 

Con frecuencia se etiqueta a las juventudes como conflictivas, impacientes o inconformes, como si cuestionar las injusticias fuera un defecto y no una muestra de compromiso con la realidad. Sin embargo, la experiencia de la Red Generación 21+ de Juventudes de Fe y Alegría plantea lo contrario: la indiferencia nunca ha cambiado el mundo, y la indignación, cuando se organiza, sí lo ha hecho.

 

Nos indigna que millones de personas jóvenes sigan sin poder aprender, participar y construir un proyecto de vida digno. Y, al mismo tiempo, seguimos creyendo que otro mundo es posible: nuestra indignación nace de la esperanza, no del pesimismo.

Aprender también es indignarse

 

El Día Internacional de las Juventudes llega este año en sintonía con el debate que impulsa la UNESCO sobre la agenda educativa más allá de 2030: pensar el futuro del aprendizaje escuchando a quienes hoy lo viven.

 

Para Fe y Alegría, aprender va mucho más allá de adquirir conocimientos: es comprender la realidad para transformarla junto a otras personas, ejercer ciudadanía y asumir un compromiso con el bien común. Por eso decimos que aprender también es indignarse. Quien aprende a mirar críticamente el mundo ya no puede permanecer indiferente frente a la injusticia, y cuando ese aprendizaje se vive en comunidad, la indignación deja de ser una emoción para convertirse en participación, incidencia y transformación.

 

Nuestros propios procesos juveniles lo confirman: la educación también ocurre cuando las y los jóvenes se organizan, acompañan a otras personas, crean redes y generan soluciones para sus comunidades. Ahí el aprendizaje se convierte en liderazgo y responsabilidad.

Una causa, 15 países, una misma IndignAcción

 

Esa convicción es la que comparte la Red Generación 21+, presente en quince países, e inspira el Mes de las Juventudes Indignadas bajo el lema Una causa. 15 países. Una misma IndignAcción.

 

Detrás del lema hay una certeza compartida: aunque los contextos son distintos, el compromiso de defender el derecho al aprendizaje es el mismo. En algunos territorios, las violencias interrumpen las trayectorias educativas; en otros, la pobreza, la crisis climática, la discriminación, la salud mental o distintas formas de exclusión. Las causas cambian de un país a otro, pero la decisión es igual en todos: no acostumbrarnos.

 

La IndignAcción nace cuando la preocupación se convierte en organización, la voz en participación y las ideas en acciones que fortalecen a las comunidades. Cada iniciativa, por pequeña que parezca, demuestra que las juventudes no esperan que el cambio llegue: lo impulsan desde sus territorios, construyendo comunidad y esperanza junto a otras personas.

 

La experiencia de la Red confirma que no es necesario tener todas las respuestas para empezar a actuar. Cuando las juventudes encuentran espacios para participar, organizarse y liderar, generan iniciativas que amplían las oportunidades de aprendizaje y convierten la esperanza en resultados concretos.

 

Defender el derecho al aprendizaje significa también defender el derecho a participar, proponer y liderar los cambios que las comunidades necesitan. Las juventudes no quieren que se hable en su nombre: quieren ser parte de las decisiones y construir respuestas colectivas, porque no son solamente quienes heredarán el futuro. Son quienes ya lo están construyendo.

 

Cada vez que una joven o un joven transforma su indignación en acción colectiva, confirma que la esperanza no nace de esperar que el mundo cambie, sino de aprender a cambiarlo en conjunto. Cuando las juventudes participan, el derecho al aprendizaje deja de ser solo una aspiración y empieza a convertirse en una realidad para más personas.

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