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Redes que transforman: lecciones desde Buenos Aires

Dani Villanueva, SJ
Coordinador General I Fe y Alegría Internacional


El pasado 12 de abril, Fe y Alegría fue invitada a abrir el III Congreso Mundial de la EREBB (Edmund Rice Education Beyond Borders), una red internacional de más de 280 escuelas católicas en más de 20 países que educa a cerca de 200.000 jóvenes en todo el mundo. El congreso reunió en Buenos Aires a 150 líderes educativos de más de 18 países, y tuve el honor de presentar la charla inaugural bajo el título “Value Creation in Mission Driven Networks”.

 

La invitación no fue casual. En el corazón de la EREBB, los Hermanos de Edmund Rice gestionan la Escuela Fe y Alegría N° 26 de Canto Grande, Lima, y fue precisamente su directora quien me presentó ante el congreso. Ese gesto simbolizó bien el espíritu de lo que vino después: una conversación entre redes hermanas que comparten raíces comunes.

Una misión compartida como punto de partida

 

Mi propuesta fue sencilla: compartir lo que hemos aprendido en Fe y Alegría y en la Red Jesuita Global de Escuelas sobre cómo construir trabajo conjunto que realmente amplíe la misión. No teoría, sino experiencia concreta. Arranqué señalando lo mucho que nos une a Edmund Rice: el foco en los más vulnerables, la educación como herramienta de transformación social, la comunidad educativa como agente colectivo de cambio. Sobre esa base común construí el argumento central: una red educativa de Iglesia no se justifica por la eficiencia, sino por la misión. La pregunta clave no es cómo nos organizamos mejor, sino algo más exigente y más honesta: ¿cómo nuestras estructuras ayudan a servir más a la misión? ¿cómo hoy, en la era de las redes y la tecnología, la cuestión organizacional es esencial para el MAGIS?  

 

Para avanzar en esta pregunta utilicé el ejemplo del célebre telegrama de Arrupe que dió lugar a la fundación del Servicio Jesuita a Refugiados. La pregunta por las posibilidades que residen en nuestra misión colaborativa como cuerpo apostólico no es retórica. Es una pregunta que incomoda, porque obliga a salir del propio proyecto institucional y sintonizar con lo que el mundo pide. Y es también la pregunta más fecunda para cualquier red que quiera ser más que un club de buenos propósitos.

Lo que la experiencia nos ha enseñado

 

A lo largo de la charla recorrimos ejemplos concretos que ilustran cómo esa pregunta, tomada en serio, genera respuestas extraordinarias. La respuesta coordinada de varias redes jesuitas al terremoto de Nepal en 2015 —que en seis años derivó en el nacimiento de Fe y Alegría Nepal— no nació de una planificación estratégica previa, sino de la disposición a ver una necesidad y articular recursos ya existentes. La campaña global unificada de recaudación para Ucrania en 2022, liderada por la Xavier Network y el JRS, siguió la misma lógica: una urgencia que ninguna organización podía responder sola, y una red capaz de actuar con velocidad y escala.

 

Más allá de las emergencias, presenté cómo la JGNS —la Red Global de Escuelas Jesuitas— ha ido construyendo su capacidad de acción colectiva a través de un ciclo paciente de activación: primero descubriendo el potencial de la red (encuentros, coloquios, seminarios), luego traduciéndolo en planes de acción con compromisos concretos y medibles. Ese ciclo no tiene atajos. Las redes no se decretan; se cultivan.

 

También compartí buenas prácticas de otras congregaciones: los “Proyectos Levadura” de los Hermanos de La Salle, diseñados para identificar y escalar iniciativas innovadoras desde la base; la Semana Global Marista como espacio anual de creación de valor compartido; la IAJU con su plataforma digital y sus programas de investigación trans-regional. Cada uno de estos modelos respondía a necesidades reales, identificadas desde la práctica, no desde el organigrama.

Aprendizajes que nos interpelan

 

Cerré la charla con los aprendizajes más duros que hemos acumulado.

 

El primero: que el cuerpo apostólico de la Iglesia es dual —tiene jerarquía y tiene redarquía— y que si no reconocemos ese carácter doble, seguiremos perdiendo energía gestionando tensiones en lugar de aprovecharlas. Las redes no reemplazan a las instituciones; las complementan, les dan flexibilidad, les permiten aprender y adaptarse.

 

El segundo aprendizaje: que el liderazgo en red no se ejerce desde la autoridad, sino desde la confianza, la persuasión y la animación. Liderar una red internacional, intercultural, multilingüe, es una de las competencias más exigentes del presente —y una para las que menos formamos explícitamente.

 

El tercero: que la misión compartida y la identidad son el pegamento sin el cual ninguna red sobrevive. Podemos tener plataformas digitales, estructuras de gobernanza impecables y presupuestos bien administrados, y aun así fracasar si no hay un relato común, sentido de pertenencia y claridad sobre por qué hacemos lo que hacemos.

 

Buenos Aires nos recordó que estamos, literalmente, cableando el cuerpo apostólico de la Iglesia. Y que de la calidad de las preguntas que nos atrevamos a hacernos —sobre las necesidades reales, sobre lo que vemos desde nuestros márgenes, sobre lo que el mundo nos pide que hagamos juntos— dependerá lo que seamos capaces de construir en los próximos años.

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