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17 mayo 2023

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Transformar transformándonos: Una eucaristía sin fronteras

Elías Cornejo

Fe y Alegría en Panamá


Había hombres malos con pistolas y golpearon a mi papá y vi muchos muertos”. Hace tres años este relato de Julio, un niño cubano de apenas 8 años me impactó. Apenas iniciaba mi trabajo en Fe y Alegría Panamá, en el área de atención a migrantes. Julio es de los miles de niños que han ingresado al país por el inhóspito Darién.

 

Julio sería el primero de varios niños, niñas y adolescentes que hemos atendido. Algunos tienen pocos días de nacidos y otros apenas pueden balbucear sus primeras palabras. Unos van de camino al norte con sus padres o familiares y otros viven en Panamá (algunos de ellos han nacido aquí). En todos, la mirada en sus ojos refleja esa mezcla de tristeza y esperanza.

 

Karina es una niña vivaz, tiene tres años, nació en Panamá, de madre venezolana, juega con Valentín, un niño más calladito, de 5 años, que es panameño, sus padres son nicaragüenses. A ellos se suman Gustavo, nacido en Cali, Colombia y Miguel nacido en Perú de padres venezolanos, ambos de 6 años, a ellos también se sumaron Ricardo y Francisco, ambos de padres panameños y de 6 años. Juegan con una pelota en el patio de Fe y Alegría, en Las Mañanitas. Sus padres participan de una reunión de presentación del programa “Tejiendo Amaneceres” el cual pretende ayudar en la integración social de las poblaciones panameñas y migrantes.

 

La mayoría de estas familias viven en las periferias de la zona Este de la ciudad de Panamá, particularmente, en la 24 de diciembre, Las Mañanitas y en el populoso e histórico San Miguelito. La idea es apoyarles en la sostenibilidad educativa de sus hijos. Algunos de ellos y de ellas forman parte de la iniciativa de Formación para el trabajo, un proceso que pretende capacitar en habilidades que les permitan enfrentar las nuevas realidades aplicando las herramientas que suministran las tecnologías que poseemos en nuestros celulares y computadores.

 

Estos grupos en formación y estos niños que juegan son esperanza, pero son la noticia sobre migración que no será prime time en las grandes cadenas. Son aquellos que viven en la vorágine de emociones que provoca la jungla de cemento que es Panamá. Como siempre digo, “son el testimonio de la terquedad de la vida que se resiste a las sombras”, son las historias que queremos contar.

 

Terminamos el taller de hoy, exhaustos pero felices. Los niños sentados, comiendo, sus padres alegres y motivados. Ver sus rostros ilusionados y escuchar sus preguntas e inquietudes, me recuerdan porqué sigo creyendo que cada acción formativa es un gran acto de fe que transformamos en eucaristía permanente. Porque al final de cuentas, ellos y ellas (adultos y pequeños) transforman nuestras vidas.

 

Se que Julio ahora está en Miami igual que Daniel, quien nació en medio de la selva y sobrevivió, junto a esas pequeñas vidas que van creciendo queremos construir otro Panamá posible, el que nace desde abajo, el que nos recuerda que somos frágiles hilos que se entrecruzan tejiendo esos amaneceres de redención con Fe y Alegría.

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